30 deABRIL

30 de ABRIL.
Eso es lo que dice su DNI en el apartado fecha de nacimiento. Siempre que cae en día laborable se le escapa 1980 en la pizarra, y los alumnos acaban sabiendo que edad tiene. Aunque la mitad dicen que no se lo creen. “Profe, pero si no tienes más de 25”. “Como se nota que quieres el 5”, responde ella.
De adolescente su madre le dijo que había nacido a las 10 de la mañana. Siempre pensó que era una buena hora, ni muy temprano, ni muy tarde. Así que, durante años, siempre que pudo, se levantó a las 10 de la mañana del 30 de abril. Mañana es 30 de abril. Es domingo. Pero ya sabe que se levantará más tarde, con los 37 ya cumplidos; porque el cansancio mental causa mucho cansancio físico. Tiene que descansar y siempre dijo: “hay que saber nacer”, en medio de un puente que aprovechar, y el día que se cumple el aniversario del suicidio de Adolph Hitler. Tiene muchos exámenes que debe corregir, pero mañana no quiere trabajar, lo hará el lunes.
Debería de estar en Barcelona, en la Sala Barts, donde Rick Astley, si aquel chico pelirrojo del “Never gonna give you up” estará saliendo al escenario. Era la frikada de los 37. Y la excusa para ver a su familia. Pero lo ha anulado todo. Ha perdido el dinero del vuelo, pero le importa poco. Está sentada en el escritorio de otra persona, dentro del piso de otra persona, que ha alquilado en la ciudad de destino ese curso. Las lágrimas caen por las mejillas. Igual que todos los días desde dos semanas atrás. Caen en varios momentos del día, no se sabe cuándo va a ser. Cuando a su subconsciente se le dé por sacar algo de la caja de Pandora del pasado, o cuando recuerde el presente, protagonizado por la misma persona, ausente de su vida durante 10 años…y que siempre debió de seguir así.
Mira hacia atrás en el tiempo y recuerda otros 30 de abril. Aquellos en los que se levantaba a las 10 de la mañana. 30 de abril de 2003. 4 años juntos. En 12 días sería su aniversario, y todo había empezado otro 30 de abril, el del 99; en su fiesta de 19 cumpleaños. En su 23 cumpleaños la llevó a pasar la noche al piso de un amigo suyo, de él. Ella ya sabía, aunque nadie se lo dijese y todo el mundo lo disimulase que no tenía amigos entre los amigos de él. Era sólo “la novia de….”, no tenía personalidad ni entidad propia, excepto para 3 de ellos, que todavía recuerda con cariño. No le importaba mucho, salvo cuando la dejaba tirada por ellos, porque sabía que no tenían gran cosa que aportar como personas. El inquilino del piso al que iban era el egoísta e interesado de su mejor amigo, que siempre estaba por encima de ella en la lista de prioridades. Ella sabía que no valía mucho para él, su novio. Pero se conformaba, porque estaba acostumbrada a no valer mucho: toda la vida se lo habían dicho en casa y continuaban haciéndolo. Aunque sus amigas y amigos insistiesen en su belleza, ella no se veía especialmente guapa en el reflejo del espejo, sabía que resultaba , si; pero a esa edad una escoba con faldas resultaba. Era bastante tímida, le costaba coger confianza. La tenía con él, con su novio; hasta había intentado contárselo, pero él había preferido no escuchar; hasta le había pedido ayuda una vez, pero él no la había ayudado con el pretexto de que exageraba. Así que, de ese tema ya no había más que hablar. No era lista, listilla; como muchas de las chicas que danzaban a su alrededor; pero sí inteligente, bastante: podía trabajar, estudiar y quemar la noche al mismo tiempo; no desperdició un jueves universitario. No era una persona demasiado segura de sí misma en general, pero aquello que tenía claro, lo tenía muy claro; como que no se dejaría manipular para convertirse en una hippie porque era la moda en la facultad, y como que lo quería aunque él no la valorase y le hubiese colocado la etiqueta de “su Barbie” o “su Picasso”.
La noche del 30 de Abril de 2003, ella ya había dicho varias veces que no se sentía valorada. Él siempre decía que eran paranoias de ella. Pero algo pasó, quizá la cercanía del fin de la carrera, que todos se fuesen y sólo quedasen ellos… Cuando ella abrió la puerta de la habitación donde solían dormir, a donde él la condujo ilusionado, vio que estaba hermosamente iluminada con un montón de velas. Sonrió, sonrió mucho con una enorme sonrisa. Sobre el techo flotaban 23 globos.
-          Qué bonito!!- Dijo girándose hacia él-. ¿Lo hiciste tú?
En seguida cruzó por su cabeza la idea de que alguien se lo había sugerido; probablemente el inquilino del piso, que era un Don Juan. A él no se le ocurrían ese tipo de cosas.
-          Siiii- respondió emocionado-. Estuve aquí toda la tarde. ¿Te gusta?
-          Me encanta….
Ella miraba la habitación sonriendo. No importaba que no hubiese sido idea de él.
-          Ven, ven!!- dijo él cogiéndola de la mano y llevándola junto a la cama. Alcanzó uno de los globos- Mira, es un juego, ves? Los globos tienen números, tienes que pincharlos por orden y vas a encontrar cosas dentro.
Ella se quedó fascinada, con el globo que él le había  entregado con el número 1 escrito a rotulador negro, en sus manos.
-          Venga, empieza!- La apremió él gesticulando con impaciencia.
Pero ella odiaba pinchar globos por el ruído… Al final él le ayudó, y más que pincharlos los desinflaron. Era una especie de mapa del tesoro que la mandaba de paseo por varios lugares del piso donde fue encontrando sus regalos de cumpleaños.
Fue muy divertido. Después, él había preparado la cena.
Volvieron a la habitación, hicieron el amor y estuvieron despiertos hasta muy tarde, jugando y riendo en la cama.

14 años después ella le pide por favor, a través de un e-mail, que deje esos extraños juegos de WhatssApp que no entiende. Esos de tenerla bloqueada para el acuse de lectura y la hora de conexión; pero mostrarse en línea para hacerle ver perfectamente que la lee, o supone que será por eso, y dos días después que aparezca un check azul de las 5 de la mañana, para volver de nuevo a la misma situación. Ya se lo ha pedido por WhatsApp mientras él estaba en línea y sabe que la ha leído, pero ya no se fía de nada en lo que a él respecta. Sabe que ha mentido mucho, que ha manipulado mucho, que la ha culpado hasta de su mierda de vida, y que le ha gritado improperios agresivamente en exceso, si es que existe exceso para algo así.
Sabe que es su maltratador, en tres meses escasos, después de haberse visto tras 10 años sin ponerse la vista encima. Ella se siente culpable por haber aceptado de él cosas, actitudes que no debería; no debería haberlo consentido. Tampoco debería haber pedido restablecer el contacto, la psicóloga del CIM se lo desaconsejó completamente. Pero además de la ansiedad que ya venía de serie , ahora es víctima de violencia de género. Su maltratador es el que fue su novio de juventud, su primer amor de verdad durante ocho años, al que volvió a amar al poco de verle, igual que cuando eran casi adolescentes. Igual que él a ella, según le decía. Ahora ella sabe que eso es mentira, y que probablemente los  8 años también. La psicóloga le ha hecho preguntas sobre la relación pasada y el diagnóstico es claro: se veía venir. Y ella es estúpida porque sabía que estaba a tratamiento con ansiolíticos por ataques de ira y en espera de consulta urgente en psiquiatría. Creyó que al darle su amor, que ya conocía, y ahora era más maduro, sereno y seguro, igual que ella, lograría que se abriese, que le hablase y que se fuese calmando. Pero él tenía que poner toda su voluntad, y esa sólo la ponía en la cama. “Follamos mucho y hablamos poco”, había dicho ella en un par de ocasiones. “Si”, corroboraba él, pero nada cambiaba. Y ella intentaba seguir amando…pero se desgastaba: darlo todo y no recibir nada desgasta, o recibir mentiras y gritos. Y cuando pidió un poco  más y él se enfadó…se enfadó mucho. Gritó mucho, soltó tacos y pestes por la boca …. Y se asustó de verdad. Entró en su casa para pedirle disculpas mientras ella mostraba marcado en la pantalla del teléfono el número de la Guardia Civil. Pidió unas falsas disculpas e insistió en dormir con ella en su cama. Todavía no entiende porqué. Cuando ella se metió en la cama y se giró hacia el lado habitual, esperaba que él la arropase con su cuerpo, como solía hacer. Es una locura…es posible…pero ella a penas recuerda nada de esa noche después de los gritos porque ya sufría lo que la psicóloga llamó stress postraumático, por eso está tan cansada, por eso lo dejó entrar, por eso se metió en la cama con él y allí se quedó y simplemente cerró los ojos cuando él se giró hacia el otro lado dándole la espalda. A la mañana siguiente, antes de irse, intentó besarla en los labios; dos veces, las dos se apartó, no entendía nada… Esa mañana recogió sus cosas y regresó al piso de alquiler en la ciudad de destino. Todavía no ha vuelto a casa.
Pero le echa de menos. Sabe que no sería capaz de estar con él en la misma habitación porque tiene miedo de que empiece a gritar sinsentidos, tacos e insultos. Quizá ahora tenga miedo a que pase algo que ya pasó hace muchos años, cuando no se valoraba y lo que quitó importancia y quedó enterrado como si no hubiese pasado: a que le ponga la mano encima. Si se la puso con 21 años , un “suave” zarandeo que hizo que casi mordiese unos peldaños, y aquel asunto del mechero, cuando era relativamente amable con ella… ¿Qué sería capaz de hacerle ahora? Si lo piensa le caen las lágrimas a chorros: “estúpida, gilipollas, tenías que haberlo visto venir a kilómetros, las señales eran más que claras…¡qué vergüenza!”. Y aún así le echa de menos, ¡qué vergüenza!. Síndrome de Estocolmo. Estupendo. Y necesita saber porqué para poder intentar superarlo y seguir adelante con su vida. Le ha hecho una serie de preguntas por mail y él no le responde. Silencio absoluto. Está castigada, cree que por haber querido poner una denuncia: “Te lo pido por favor, quiero ver a mis niñas,  y sus abuelos también”.  Demasiadas horas desconectado del WhatsApp. La preocupó: “Tú ganas, no denuncio. Sólo dime que estás bien y déjame en paz”. Ni siquiera le confirmó que estaba bien, pero en seguida restableció la actividad del chisme ese. ¿Favor por favor? O ni siquiera eso, porque si, sin más. Pero no, tenía que recordar que hablaba con un maltratador. No era su ex de la facultad, era un maltratador. Peor, si lo era; siempre había sido un maltratador, pero nunca tan abiertamente. Y ahora su maltratador la castigaba por abrir los ojos y portarse mal.

Abre los ojos y termina de salir de ahí, por mucho que duela amar y temer al mismo tiempo. Tienes que salir. Aprovecha esa transfusión de “Ole mi niña, tú si que vales!!!” . Gracias.

29 de abril de 2017.
22:48.


 Jo March.

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