EL ARTE DE NO CAER 5.
Llegué tiritando. Era en la quinta, pero no sabía mucho más. No me había dicho el número de habitación. Me metí en el ascensor y, mientras me elevaba piso a piso, salté pasando mi peso de un pie a otro al tiempo que me frotaba las manos. El enorme y laberíntico edificio se encontraba en silencio e iluminado tan solo con una tenue luz. Los enfermos dormían y las enfermeras descansaban en los controles. Ni rastro de Juan. Vagué por los pasillos durante un largo rato. La calefacción estaba alta, muy alta; las mejillas comenzaron a arderme, me quité la chaqueta. Pensé que sería algo así como un mensaje subliminal para que me quedase ingresada con una pulmonía. Por fin, cuando ya iba a salir de coronarias y sacar el móvil del bolso, le vi a través del cristal. Estaba sentado en una silla, en el centro de una sala iluminada únicamente por la luz procedente de las máquinas expendedoras de café y aperitivos; muy quieto, la mirada perdida y los brazos cruzados. Me asomé por la puerta sin hace...