EL ARTE DE NO CAER 4.
Se había hecho tarde. Era casi
medianoche. Después de haber caminado un par de minutos recordé el abrigo
colgado en el perchero de la entrada, pero no tenía el cuerpo como para volver
atrás. El frío, que me calaba hasta los huesos a través de la fina chaqueta del
traje, se hacía más intenso al mirar hacia los lados y no ver a nadie entre la
neblina de las calles desiertas, me subía por la espalda. Mantenía un buen
ritmo a medida que mis manos, desprovistas de guantes, comenzaban a adquirir su
característico tono morado. Las odiaba, semejaban las manos de un muerto. Un
muerto. Recordé a su padre hospitalizado. No era una sorpresa. Realmente Juan
estaba en lo cierto, lo extraño era que no hubiese ocurrido antes. Recordé el
tono de autosuficiencia en su voz, pero también recordé el temblor. Por mucho
que él mantuviese que se alegraría cuando llegase el momento sabía que no era
del todo sincero. Sabía que le dolería, aunque no por él, sí por su madre. A
ella solo la había tocado una vez, tan solo una. Llegó ebrio de madrugada, y
cuando ella le increpó él la abofeteó. Pasada la resaca se disculpó y no volvió
a pegarle, no en el cuerpo. Se conformó con insultarla y humillarla a voz en
grito. Ella lo excusaba, en ocasiones tenía razón: la comida estaba poco
hecha... o llevaba demasiada sal, o quizá poco picante. Puede que no hubiese
aspirado demasiado bien las alfombras. Cuando sus amedrentados hijos crecieron
se le acabó el “chollo”. Llegaron a las
manos en muchas ocasiones. Dos jóvenes fuertes y atléticos ante un hombre de
mediana edad, consumido y mermado por el alcohol, que apenas se tenía en pie.
Era un combate ganado de ante mano. Se defendía como podía: improperios,
insultos, derechazos al aire, platos y jarrones volando. Alguna vez había tenido
suerte, Juan había llegado con algún moratón, un pequeño corte (o no tan
pequeño) o un rasguño. No porque no hubiese podido hacer nada, sino porque no
había querido. Kike y él se contentaban y contenían chillándole a empujones y
tratando de ahuyentarlo. No pretendían abusar de un viejo borracho que para
mayor fastidio era su padre. A Juan no le dolían los golpes, le dolía que su
madre se pusiese del lado de él y les tachase de malos hijos y unas cuantas
cosas más. Me lo había confesado, o confirmado, según se mire, en una de aquellas conversaciones telefónicas
en las que me hablaba de él liberándose de algunas de sus interminables caretas.
Aquellas conversaciones que tanto me gustaban, que me llenaban y de las que tanto aprendía.
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