EL ARTE DE NO CAER 1.
EL
ARTE DE NO CAER.
"Belive in me 'cause I don't belive in anything."
Mr Jones. Counting Crows.
Lloviznaba débilmente.
Se había calmado el frío ártico de los días anteriores. Pero yo lo llevaba en
mi interior, aferrado a cada poro de mi piel y a cada órgano de mi cuerpo, como
un gélido y permanente iceberg. Caminaba lentamente a un lado de la multitud,
alejada de mis supuestos amigos, sola. Deseaba apartarme de aquella hipocresía,
porque la odiaba y porque sabía que él la hubiese odiado también. La
parafernalia que se había ido forjando sobre falsos suspiros y lágrimas. Y me
preguntaba porqué nuestros más cercanos me miraban con compasión, porqué no se
compadecían de sí mismos, ¿o acaso él no era también su amigo?
Para cuando alcanzamos
nuestro destino había dejado de llover. Las nubes, que durante todo el día
habían cubierto el cielo, permitieron ver los sutiles rayos de un sol que se
ocultaba poco a poco, otorgándoles un tono anaranjado que se desdibujaba sobre
su voluptuosa forma. Anochecía una tarde de diciembre. Entonces, aquel me
pareció el perfecto marco para lo que estaba sucediendo. Me quedé detrás
dejando pasar ante mí a la cantidad de curiosos que se agolpaban tratando de
conseguir un puesto en primera fila para no perder detalle. Yo con gusto me los
hubiese perdido todos. Escuché a lo lejos las palabras del siervo del Señor
ensalzando el vigor y la fuerza de la juventud, no muy apropiadas para el caso.
Reflexioné un instante y pude encontrar una relación entre esas palabras y él:
ese vigor era el que le había hecho creerse invencible, creer poder sobrellevar
cualquier carga: la mía, la suya..., la del mundo. Creer poder sostenerse sobre
un universo propio y ajeno forjado a base de las más bajas lacras. Pero no pudo. Finalmente el sacerdote guardó
silencio. Un silencio realmente sepulcral, que por desgracia permitió que, aún
desde mi lejana posición, pudiese escuchar el sonido de la tierra al caer sobre
la madera. El final. La materialización de una realidad, del hecho de que no
volvería a verle, a escucharle, a sentirle.
Abrí los ojos
lentamente. Los párpados me pesaban toneladas. Me pregunté si estaba despierta
o dormida, pero enseguida empecé a sentir un dolor martilleante en el lado
izquierdo de mi cabeza, que estaba ladeada hacia el lado derecho de la cama. La
giré hacia el lado izquierdo y el dolor pasó al lado derecho. Coloqué mi cabeza
de frente tratando de escapar. Cerré los ojos y me sentí caer en una
interminable espiral de colores chillones que se difuminaban ante mí. No había
manera de huir. Miré la hora en el despertador de agujas fosforescentes,
todavía eran las doce y media de la mañana. La resaca no me permitía dormir y
no podía levantarme en el estado en el que estaba. Recordaba lugares y personas
confusas de la noche anterior, como pasajes de una película que no has podido
ver entera. Exhalé un suspiro de auto reproche al tiempo que un fantasmagórico
pitido se abría paso directamente desde mis pulmones. Puse la mano sobre mi
pecho y, como cada fin de semana, comencé a susurrar aquellas palabras, que
eran como una oración que los beatos rezan pero nunca cumplen: “inconsciente,
irresponsable, inmadura, así no durarás mucho”. El asma, el Rainaud, el soplo y
todo lo heredado de mi padre no eran demasiado compatibles con el cuasi comerse
dos cajetillas de tabaco en una noche, larga, pero al fin y al cabo sólo una.
Debía dejar de fumar ipso facto, mi neumólogo me lo había advertido: ni
reducciones ni sucedáneos, dejarlo. Pero, ¿porqué no comprendía que era tan,
tan, tan... difícil? Y por lo que me decía mi dolor de cabeza, también debería
dejar de beber incontroladamente cada fin de semana. ¡El tabaco! ¿Dónde lo
había puesto? Quizá en la estantería, tenía que levantarme a esconderlo...¡Oh!
Sonreí. No tenía nada que esconder. Estaba sola. En mi casa, mi refugio, mi
paz. Era un diminuto y frío ático, pero era mío. Sólo mío. Bueno… del casero.
Se habían terminado las frases sin sentido repetidas tres veces en tres
minutos, las cinco órdenes simultáneas que mi nada omnipresente cuerpo era
incapaz de ejecutar; y sobre todo, las estúpidas justificaciones a veinticinco
años de infierno: “no podía hacer nada”, “le tenía miedo”, “ya sabes que era
una fiera”...blablabla. Seguía doliendo, mucho. Pero ya no lo soportaba todos
los días. Regocijándome en mi recién adquirida independencia me adormilé de
nuevo.
Comentarios
Esta tambien muy bien hecho este blog.
http://tcofd.blogspot.com.es