EL ARTE DE NO CAER 3.


            Cada peldaño era una tortura para mis piernas. Uno de los tantos inconvenientes de pagar un alquiler barato era que el edificio no tenía ascensor. No era problema si vivías en un primero, pero sí en el ático. Apenas hube cerrado la puerta me lancé hacia el sofá, a riesgo de desplanchar mi bonito traje nuevo de señorita con el que intentaba aparentar cinco o seis años más para ganarme un mínimo de respeto de mis alumnos. Estaba tan agotada que me dolían las pestañas, las uñas y cada milímetro de mi cuerpo. Supongo que habían acertado con el mote: la bala humana. Esa era yo, si podía hacer tres cosas a la vez nunca haría una sola. Pero si podía evitarlo jamás dedicaría mi tiempo a colocar adornos navideños. No había podido evitarlo, era la nueva, la pringada de turno. ¿Pero qué le ocurría a la gente? ¡Todavía quedaban tres semanas para navidad! Navidad. Cuanto odiaba esas fechas. Me fui aletargando a medida que mi mente buceaba en mi pasado, aunque no para desenterrar demonios esta vez, sino para recordar un tiempo muy lejano en que la navidad significaba ilusión, risas (a solas pero risas al fin y al cabo), y sorpresas, que a veces no eran tan sorprendentes porque costaba demasiado trabajo envolverlas. Un tiempo en que medía algo menos de un metro y dejaba tres vasos de leche bajo el abeto.
            - Julia, estoy en el hospital-. Su tono de voz era bajo y hablaba lentamente, como arrastrando cada palabra. Me sobresalté. Continuaba tumbada en el sofá a oscuras, con la ropa puesta, semiadormilada. Me asusté.
- ¿Qué te pasa?  ¿Estás enfermo?
- No. Yo no. Es mi padre...le ha dado el infarto, ya me estaba tardando.
Su voz había cambiado. Era más firme, más segura, pero pude notar el temblor mal disimulado.
- ¿Vas a venir?- me preguntó.
- Sí- respondí al instante con la voz tomada, no sabía si por la siesta o por la noticia.

Comentarios