EL ARTE DE NO CAER 2.


La música de mi serie favorita llegaba muy bajita a mis oídos. Cada vez un poco más alta, un poco más, un poco más... ¡El móvil! Alargué la mano en un brusco gesto que me costó un doloroso ¡ay!
- ¿Si?- pregunté con voz de ultratumba.
- Buenas - me respondió con el acostumbrado tono de indiferencia.
- Juan…- me aclaré la voz-. Hola. ¿Qué hora es?
- Las cinco de la tarde.
- ¡Oh! Me he dormido. Es que me dolía la cabeza. Te juro que me dolía muchísimo.
- No tienes que jurarlo. Te creo- rió.
- Bufff- suspiré- ¿Hice mucho el ridículo esta noche?
- No, no te preocupes. Olvídalo.
- No, no. Si no lo recuerdo...
Ahora estalló en sonoras carcajadas. Sonreí, al menos de vez en cuando lograba hacerle reír a gusto.
- Te invito a un café. Paso a recogerte en una hora.
- Bien- acepté satisfecha.
Eché a un lado las mantas para sentarme. Apoyé la cabeza sobre mis manos. Sentía que temblaba pero no tenía frío. ¡¿Cuándo se me iba a pasar  la maldita resaca?! Tampoco había bebido tanto... Me puse en pie frente al espejo. No temblaba, era un hormigueo interior que no cesaba. Mi aspecto era un tanto penoso; el maquillaje que no me había quitado estaba hecho un asco, mis labios estaban demasiado rojos y tenía unas ojeras marcadamente azuladas. Una buena ducha me iba a venir bien.
            - Hola- sonreí mientras entraba en el coche de su hermano, ahora notablemente más espabilada.
- Hola- saludó examinándome de arriba abajo-. Pues no se te ve tan mal.
- Gracias- respondí irónicamente recalcando la palabra.
Nos quedamos en silencio durante un largo rato mientras el coche atravesaba las carreteras empapadas por la lluvia de diciembre. Juan era mi amigo. No me atrevía a decir mejor amigo, porque eso eran tonterías de adolescentes, pero sabía que lo era. Creo que percibía algo parecido por su parte. Siempre estaba se dibujaba su imagen en mi mente; cualquier cosa que ocurriese, buena o mala. Siempre estaba pendiente del teléfono, por si llamaba con la excusa de mantener una conversación trivial y terminaba hablando de sí mismo durante horas. Sólo me hablaba de sí mismo por teléfono, y al día siguiente actuaba como si esa conversación no hubiese existido. Yo no hacía referencia, no quería que se incomodase. Al principio resultaba extraño pero, con los años, me había acostumbrado. Era simplemente Juan, el fuerte, el autosuficiente, el que no podía dejar entrever ni un ápice de vulnerabilidad. Creo que solo hablaba de sí mismo conmigo. Y yo no entendía como me había ganado ese privilegio. Me gustaba su compañía, también sus circunloquios. Era capaz de escucharme y entenderme, lo que decía mucho de él. Yo era consciente de que era algo “especial”, por no decir rarita. Podía responder a preguntas a las que nadie me había sabido responder nunca. Ese era uno de esos días en que necesitaba hablar con él. Todavía no sabía de que, del mundo, de la gente, de mí. No sabía, pero ya surgiría. Lo pensé mientras le miraba de reojo, estaba concentrado en la carretera. ¿Qué estaría pensando? Me miró y le sonreí. Volví a mis devaneos mentales, algunos absurdos, como me decía muchas veces, pero inevitables.
            Extendió el brazo por encima de mi hombro para abrir la pesada puerta. Era un pequeño café rústico en la zona vieja de la ciudad. Fuimos hacia la mesa del fondo, la más apartada.
- Un ruso por favor- pedí al camarero.
Juan me miró extrañado, aunque no porque no acostumbrase a hacer esas peticiones.
- Lo mismo- le dijo también.
Se encendió un cigarrillo. Mientras apagaba la cerilla aspiró la primera bocanada de humo. Entornó los ojos y, dedicándome aquella dulce y perdida mirada de miope desprovisto de gafas a perpetuidad, me interrogó socarrón.
- ¿Una resaca quita la otra?
- No- contesté poniendo junto a su cajetilla de tabaco un mechero que me sobraba-. Simplemente me apetece.
- ¿Qué te pasa?
- Nada. Sólo estoy algo cansada y... ya sabes... la cabeza...
- Sí, ya. Por eso te lo pregunto. Hacía mucho tiempo que no te veía tan borracha como anoche, y durmiéndote hasta las cinco de la tarde.
Guardé silencio durante unos instantes mientras le miraba fijamente a los ojos. Luego bajé la vista hacia la copa de café con vodka coronada de nata que el camarero colocaba ante mí. Respiré profundamente. ¿Cómo se me habría ocurrido pensar que Juan no iba a darse cuenta de que me había pasado días dándole vueltas y más vueltas a mi nueva situación? Yo era transparente para él. Hablé con la cabeza gacha.
- En realidad no es nada. Es sólo que todo esto es nuevo, se me hace extraño. Supongo que sólo necesitaré un tiempo para acostumbrarme.
- ¿No era lo que deseabas hace tantos años?
- ¡Claro que sí!- alcé la vista en un rápido movimiento.
- ¿Entonces?- sonrió-. ¿Puedo ayudarte en algo?
Le miré agradecida.
- No, no tiene importancia. Pero a veces resulta raro disfrutar de tanta paz y tranquilidad. Tengo que poner la televisión aunque no esté en la sala para escuchar voces.
- Bueno… iré a visitarte más a menudo.
- Sí, es buena idea.
 Uno de los pequeños placeres con los que había soñado secretamente mucho tiempo atrás era poder invitar a Juan a tomar café a “mi casa”. La primera vez que había venido se había reído hasta hartarse al verme parlotear nerviosa mientras disponía torpemente las tazas sobre la mesa.
 - ¿Tienes problemas con las facturas?- lo preguntó en voz baja y sin mirarme, como pidiendo permiso para adentrarse en un terreno que no era de su incumbencia. Sabía que la pregunta podría molestarme. Y que aunque necesitase dinero tendría que estar muy desesperada para pedírselo. Eso si que no lo comprendía. En cientos de ocasiones me había ofrecido su ayuda y en cientos de ocasiones yo la había rechazado de malas maneras.
- Nooooooo- respondí irónica- Por suerte los cuatro duros que me gano dando clase a una pandilla de desagradecidos aborto de macarras hijitos de papá me llegan para sobrevivir.
No se tomó muy bien mi ironía. No quería herirlo ni crear malos entendidos, así que sonreí.
- Bueno- sentenció serio-. Ya sabes lo que hay. No voy a repetírtelo una vez más.
- Vale.
Un silencio incómodo se abrió paso entre nosotros. No quería esa situación, no la deseaba. En el fondo, y aunque jamás lo reconocería, me halagaba que se preocupase de mi con esa actitud casi paternal. No sabía que había hecho para merecerlo, pero sabía que no quería perderlo.
- No te enfades Juan- susurré.
- Vamos, Julia. Si no me enfado- rebatió decidido-. Lo sabes.
- Si.- Y tras unas décimas de segundo callada-. Lo que ocurre es que no puedo evitar pensar en la manera en la que he hecho esto, no ha sido la más adecuada. No puedo dejar de pensar en lo que ha sido mi vida y a donde me ha conducido. A veces no lo creo, me desconcierta, me sobrepasa.
- Julia, tranquilízate- puso su mano sobre la mía y comenzó a juguetear con su índice sobre mi anillo-, vive. Lo has hecho así porque no te han dejado otra opción. No caigas en insanos tópicos de revivir el pasado. Nunca caigas en eso. Ahora eres libre, sólo disfruta. Es difícil, ha sido tu vida y es parte de ti; pero debes aceptarla, almacenarla en el pasado y seguir adelante. Vive el presente. Ilusiónate con el futuro.
Le escuché mirando a la mesa, bajando los párpados de vez en cuanto para tratar de contener unas lágrimas que no llegaron a brotar; pero mis ojos estaban acuosos. Cuanta razón tenía. Que empeño ponía en tratar de ayudarme. Realmente sus palabras habían logrado reconforme, y, aunque no lo hubiesen hecho, tan solo su presencia, tan solo su empeño, ya lo habrían logrado.
Pero como siempre, no podía quedarme callada, porque sus palabras, aunque reconfortantes, eran demasiado idealistas.
- Es complicado dominar el arte de no caer en esos insanos tópicos, como tú los llamas.
- Pero tú eres una artista, con casi veintiséis años de experiencia.
Reí mordiéndome el labio y preparé mi tono sarcástico, especialmente perfeccionado para picar a Juan.
- Aquí el especialista en el arte de no caer eres tú- dije sin mirarle mientras mezclaba lentamente la nata con el café.
- No te preocupes, nena, - se recostó en la silla cruzando una pierna sobre la otra, tal que un gentleman venido a menos, y me guiñó un ojo- yo te sujetaré cuando vayas a caer.
- Juan, como vuelvas a llamarme nena te echo el café por encima.

Estaba infinitamente agradecida y emocionada. Yo era libre, él todavía no. Y en lugar de buscar su libertad, se preocupaba de que yo disfrutase de la mía. Todavía no entendía como podía existir una persona así en un mundo tan degenerado. No comprendía porqué se entregaba de esa manera. No comprendía porqué sólo a mi. Y sobre todo, no comprendía porqué cuando se sentía agredido o vulnerable reaccionaba lanzando flechas y puñales a diestro y siniestro. Bueno, en realidad si lo comprendía, también yo había pasado por esa etapa. Lo que no alcanzaba a racionalizar era porqué a mi también me dañaba, a pesar de que sabía que le dolía más a él hacerme sufrir que todo el daño que yo pudiese sentir. Cuando eso ocurría me enfadaba, me invadía una infinita frustración,...pero no hacía ni decía nada. Sólo me encontraba sola, desprotegida y vacía. Esperaba, desesperando, volver a escuchar su voz diciéndome “no caigas en esto”, o “nunca caigas en aquello”. Juan nunca caería porque sus puñales eran su manera de sostenerse, de sentirse arriba, fuerte. De auto defenderse  del mundo, de su mundo.

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