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EL ARTE DE NO CAER 3.

            Cada peldaño era una tortura para mis piernas. Uno de los tantos inconvenientes de pagar un alquiler barato era que el edificio no tenía ascensor. No era problema si vivías en un primero, pero sí en el ático. Apenas hube cerrado la puerta me lancé hacia el sofá, a riesgo de desplanchar mi bonito traje nuevo de señorita con el que intentaba aparentar cinco o seis años más para ganarme un mínimo de respeto de mis alumnos. Estaba tan agotada que me dolían las pestañas, las uñas y cada milímetro de mi cuerpo. Supongo que habían acertado con el mote: la bala humana. Esa era yo, si podía hacer tres cosas a la vez nunca haría una sola. Pero si podía evitarlo jamás dedicaría mi tiempo a colocar adornos navideños. No había podido evitarlo, era la nueva, la pringada de turno. ¿Pero qué le ocurría a la gente? ¡Todavía quedaban tres semanas para navidad! Navidad. Cuanto odiaba esas fechas. Me fui aletargando a medida que mi mente buceaba en mi pasado...

EL ARTE DE NO CAER 2.

La música de mi serie favorita llegaba muy bajita a mis oídos. Cada vez un poco más alta, un poco más, un poco más... ¡El móvil! Alargué la mano en un brusco gesto que me costó un doloroso ¡ay! - ¿Si?- pregunté con voz de ultratumba. - Buenas - me respondió con el acostumbrado tono de indiferencia. - Juan…- me aclaré la voz-. Hola. ¿Qué hora es? - Las cinco de la tarde. - ¡Oh! Me he dormido. Es que me dolía la cabeza. Te juro que me dolía muchísimo. - No tienes que jurarlo. Te creo- rió. - Bufff- suspiré- ¿Hice mucho el ridículo esta noche? - No, no te preocupes. Olvídalo. - No, no. Si no lo recuerdo... Ahora estalló en sonoras carcajadas. Sonreí, al menos de vez en cuando lograba hacerle reír a gusto. - Te invito a un café. Paso a recogerte en una hora. - Bien- acepté satisfecha. Eché a un lado las mantas para sentarme. Apoyé la cabeza sobre mis manos. Sentía que temblaba pero no tenía frío. ¡¿Cuándo se me iba a pasar  la maldita resaca?! Tampoco había ...