EL ARTE DE NO CAER 3.
Cada peldaño era una tortura para mis piernas. Uno de los tantos inconvenientes de pagar un alquiler barato era que el edificio no tenía ascensor. No era problema si vivías en un primero, pero sí en el ático. Apenas hube cerrado la puerta me lancé hacia el sofá, a riesgo de desplanchar mi bonito traje nuevo de señorita con el que intentaba aparentar cinco o seis años más para ganarme un mínimo de respeto de mis alumnos. Estaba tan agotada que me dolían las pestañas, las uñas y cada milímetro de mi cuerpo. Supongo que habían acertado con el mote: la bala humana. Esa era yo, si podía hacer tres cosas a la vez nunca haría una sola. Pero si podía evitarlo jamás dedicaría mi tiempo a colocar adornos navideños. No había podido evitarlo, era la nueva, la pringada de turno. ¿Pero qué le ocurría a la gente? ¡Todavía quedaban tres semanas para navidad! Navidad. Cuanto odiaba esas fechas. Me fui aletargando a medida que mi mente buceaba en mi pasado...