EL ARTE DE NO CAER 5.


Llegué tiritando. Era en la quinta, pero no sabía mucho más. No me había dicho el número de habitación. Me metí en el ascensor y, mientras me elevaba piso a piso, salté pasando mi peso de un pie a otro al tiempo que me frotaba las manos. El enorme y laberíntico edificio se encontraba en silencio e iluminado tan solo con una tenue luz. Los enfermos dormían y las enfermeras descansaban en los controles. Ni rastro de Juan. Vagué por los pasillos durante un largo rato. La calefacción estaba alta, muy alta; las mejillas comenzaron a arderme, me quité la chaqueta. Pensé que sería algo así como un mensaje subliminal para que me quedase ingresada con una pulmonía. Por fin, cuando ya iba a salir de coronarias y sacar el móvil del bolso, le vi a través del cristal. Estaba sentado en una silla, en el centro de una sala iluminada únicamente por la luz procedente de las máquinas expendedoras de café y aperitivos; muy quieto, la mirada perdida y los brazos cruzados. Me asomé por la puerta sin hacer ruido.
- Juan- dije casi en un susurro.
Me miró sobresaltado. Estaría sumido en alguno de sus profundos, insalubres y telefónicamente reconocidos pensamientos.
- Hola- saludó con voz ronca.
En vista de que no se movía me acerqué situándome ante él.
- ¿Cómo está?
- Saldrá - respondió en medio de un profundo suspiro que no llegué a entender qué significaba.
Miraba al frente, a mis piernas; pero no las veía, era como si estuviese mirando a través de mí. Imaginé que analizaba la situación, lo que suponía, lo que a él le suponía, lo positivo y lo negativo, qué era lo mejor y qué era lo peor.
- Vámonos- dijo al fin poniéndose en pie y recogiendo su vieja cazadora de cuero arrebujada en la silla de al lado.
 Le seguí. Iba hacia las habitaciones, a despedirse de su madre. Pero ella nos salió al encuentro. Se la veía más mayor y demacrada. Se dirigió con paso firme hacia él. Hice un ligero movimiento con la cabeza a modo de saludo sin obtener respuesta, no parecía percatarse de que yo estaba allí.
- Vete de una vez- le dijo clavándole una mirada amarga-. No quiero que estés aquí. ¡Esto es por tu culpa!- alzó la voz-. ¡Por los disgustos que le das! ¡Vete a casa y no vuelvas!
Vi sus ojos abiertos como platos. Su respiración se aceleró, podía oírle casi bufar; su semblante enrojeció. Apretaba los puños con fuerza, las venas se marcaban en sus manos grandes y huesudas. Le cogí suavemente del brazo tratando de reprimir el ataque de ira en el que estallaría de un momento a otro.
- Vamos- susurré tratando de que sonase dulce para compensar la tensión.
Ella no le quitaba la vista de encima, continuaba sin ser consciente de mi presencia. Alcé los ojos para mirarle, froté ligeramente su brazo, apremiándole. Se soltó bruscamente. Por un instante creí que iba a empezar a chillar y a golpear las paredes, nunca le había visto hacer algo así pero aquel me parecía un buen momento, quizás yo también desease hacerlo. Pero no me decepcionó, se volvió y comenzó a caminar a paso rápido mientras se ponía la cazadora.
- Sí, vamos- asintió incluso.
 De nuevo fui tras él, medio correteando, tratando de alcanzarle en sus grandes zancadas. Salimos por la puerta de urgencias, llegué casi sin aliento pero me dio tiempo a percibir el característico olor de los hospitales que estaba empezando a ponerme enferma.  Se detuvo en seco una vez que estuvimos fuera. Enseguida aproveché para ponerme la chaqueta, solo faltaba que después del sofocón comenzase de nuevo a temblar de frío. En ningún momento aparté la mirada de él, que en ningún momento la apartó del suelo.
- No le des vueltas- susurré mientras ladeaba la cabeza tratando de encontrarme con sus ojos-. Es solo una reacción provocada por el impacto de la situación, por el susto.
- Sí, esa posibilidad me gusta- sonrió irónico-. Pero te equivocas.  Es una causa perdida.
Lo sabía. Pero no me sentía con fuerzas para hablarle con cruel, aunque inmensamente cariñosa, sinceridad. Prefería dejarlo para alguna de aquellas largas y psicoanalíticas conversaciones telefónicas. Él también lo prefería, siempre lo prefería.
- Descansa- aconsejé-, y mañana lo verás más claro.
- Gracias, lo veo claro. Y no me apetece descansar. No me apetece en absoluto- me había rehuido pero entonces fijó sus ojos en los míos-. Te invito a una copa. En mi casa esta vez. Estoy solo, Kike se ha ido a casa de Carla.

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