EL MUNDO ES DE ELLOS


“Lo tinía yo!”
“Es mío!”
            Las dos frases más vocalizadas por un niño de dos años. Dicen que a los dieciséis se quieren comer el mundo. Pero no recuerdan que a los dos ya era suyo.
            Con tan sólo dos años pueden controlarlo todo: cuando comer, cuando dormir, cuando divertirse, como divertirse. Pueden estar en su mundo y en el de los demás. Y ambos son suyos.
            La vida es maravillosa porque todos  los quieren. Y ellos, cada uno a su modo, quieren a todo el mundo. Las relaciones humanas no constituyen un problema. El único problema es que la pelota “la tinían ellos”. La vida no es así. Y el mundo nada tiene que ver. Pero ¿porqué decírselo si es el único momento en su existencia en que podrán ser plenamente felices?, ¿porqué hacer que vivan afligidos desde tan temprano?
             A los dieciséis  ya no sabrán que a los dos el mundo era suyo y querrán comérselo. Poco después descubrirán que Él puede comérselos a ellos. Y lo descubrirán porque lo experimentarán, y no porque yo me agache a decirle a un niño de dos años que el mundo es una lacra. No porque me mire con enormes ojos asustados.
            Deben aprender, si. Aprender a temer a los coches, para no cruzar la carretera sin mirar. Pero no aprender que la primera persona que se acerque a decirles “hola” con una sonrisa les hará daño. No que el amiguito con el que juegan todas las tardes es malo; porque, aunque no se les enseñe eso, si se les enseña que la vida es mala, el amiguito también lo es.
            ¿Porqué arrebatarles la inocencia, si nos devuelven un poco de la que hace tanto disfrutamos; o nos permiten saborearla a los que no pudimos tenerla?
            ¿Porqué no dejar que el mundo sea suyo por un breve espacio de tiempo? En mejores manos no podría estar.

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