SEÑORITA.







SEÑORITA.

El gélido aire de enero le cortaba la piel. Caminaba lo más de prisa que podía para intentar mermar el frío. Había perdido el último autobús por culpa de la estúpida norma que la obligaba a fregar el suelo del aula con agua caliente una vez por semana. Pensaba que una mujer joven no debería andar sola a esas horas en la oscuridad por una carretera secundaria. Y menos si era maestra. Pero no le importaba hacerlo. Pensaba que los demás también lo pensaban, pero no le importaba lo que pensaran. Pensaba que debería estar asustada; pero no lo estaba, a pesar de que su única arma de defensa era el pesado maletín de cuero con el que cargaba a diario. También pensaba que podría toparse con la Guardia Civil, que todavía buscaba a los huidos en los montes, y pensaba que con un poco de suerte así llegaría antes a su casa. Aunque también sabía que con un poco de mala suerte, que siempre era más probable, terminaría en el calabozo por hallarse en la calle más tarde de las ocho. Y no quería imaginar lo que ocurriría si, en tal caso, le medían la falda y se daban cuenta de que tenía un par de centímetros menos de tela de lo estipulado. Tampoco si registraban minuciosamente su maletín y encontraban los cigarrillos que había escondido en el forro. Bastante tenía ya con los rumores que circulaban sobre su poco ortodoxa manera de impartir la clase de historia. Eso si la asustaba algo.
-¡Señorita!
Un grito, casi un aullido a su espalda, la sobresaltó. Era una voz masculina y grave, aunque no adulta. Se giró bruscamente y, más por instinto que por cualquier otra razón, apretó con fuerza su mano sobre el asa del maletín. Se encontró frente a Manuel, uno de sus alumnos mayores. Tenía trece años. Procedía de una familia que había apoyado a ultranza al Bando Nacional. Su padre hacía gala de haber matado a cientos de Republicanos. Su abuelo lamentaba no haber podido hacerlo porque los achaques de la edad no se lo habían permitido. Manuel era muy pálido, y eso hacía que sus ojos almendrados pareciesen brillar todavía más en la oscuridad, como los de un gato.
-Buenas noches, Manuel. ¿Qué querías?
-Es tarde- respondió fijando los grandes ojos en los de su maestra.
-Ya lo sé. Deberías irte a tu casa y preparar las tareas que os he encargado para mañana.
El rostro del chico era inexpresivo, salvo por sus ojos enfierecidos. Ella había visto ojos como esos en demasiadas ocasiones.
-Es usted Republicana ¿verdad?
El corazón le dio un vuelco.
-¡Por Dios!- rió nerviosa tratando de salir del apuro-. Pero, ¿de dónde has sacado semejante tontería? Ya os he dicho muchas veces que no hay que hacer caso de lo que dice la gente, sinó juzgar por uno mismo.
-Yo creo que es usted Republicana- Manuel entornó los ojos y frunció los labios en algo que pareció un gesto de rabia-. Es posible incluso que sea comunista.
            La joven soltó una carcajada histérica. Ahora si estaba asustada. Y no le dio tiempo de verlo llegar, sólo de sentir como penetraba en sus entrañas una y otra vez, como ardía por dentro. Hasta que cayó desplomada en la cuneta, junto a su maletín de cuero abierto y sus papeles rodeándola esparcidos por el viento.
            Manuel miró el destornillador de su padre, estaba ensangrentado y salpicado de materias viscosas que no sabía lo que eran. Sus manos también estaban llenas de sangre, se las limpió a la chaqueta. Sonrió orgulloso, había cumplido con su deber para con su patria, había matado a una Republicana. Su primera Republicana, aquella era una gran noche. Y emprendió el camino de vuelta a casa sin que la mueca se borrase de su cara.

Comentarios