La fuente.





Edificio Edgar Hoover.
Sótano.
10:00 AM.


            Le miré. Se había quitado la chaqueta. Estaba de espaldas, buscaba en uno de los cajones del archivador metálico un antiguo expediente relacionado con el caso que Skinner nos había dado a primera hora. Yo sostenía el informe, trataba de echar un vistazo a los detalles pero no era capaz de concentrarme. No pude evitar girar los ojos hacia él y preguntarme que estaría pensando. Ya estaba en la oficina cuando había llegado. Me había saludado con un sonriente “hola”. Algunas mañanas me preguntaba amablemente como había dormido, pero no solía hacerlo cuando sus largas conversaciones telefónicas me tenían en vela la mayor parte de la noche. Esa mañana no lo había preguntado. Hacía solo un par de horas que lo había dejado, dormido en su apartamento. Y como tantas otras mañanas parecía que aquello no había ocurrido. Todavía no comprendía muy bien como habíamos llegado a la situación de la noche anterior. Supuse que habría sido algo evolutivo. No, en realidad lo sabía. Había comenzado con mi enfermedad. Su pesado sentimiento de culpa le había impulsado a acercarse a mi; sutilmente, casi tratando de evitar que me diese cuenta. Intentaba reparar un daño que creía haber causado, brindándome su hombro para que me apoyase sobre él. Pero al igual que no lo había provocado, tampoco podía acabar con ello. En los días siguientes al diagnóstico sentí que se paraba a observarme en muchas ocasiones, en el despacho, en el coche. A veces me gustaba, pero otras no podía evitar pensar que me miraba con lástima; después supe que no era ese el motivo. “Estoy bien”, respondía mecánicamente cada vez que me preguntaba. Él sabía que no era cierto y yo también; pero necesitaba creerlo, aunque solo fuese durante los dos segundos en que lo pronunciaba. Fue por aquella época cuando los roces casuales entre nosotros se hicieron más frecuentes y ya no tan casuales; la palma de su mano sobre mi espalda impulsándome suavemente a entrar o salir antes que él, el roce de una mano mientras me decía que tenía mala cara, que me fuese a descansar, un reconfortante apretón en mi brazo. En el trabajo trataba de no exponerme demasiado, esperando que yo no lo advirtiese. Pero lo advertía. Y todo eso creaba en mi una sensación contradictoria. Con mi independencia venida a menos me sentía una inútil, una pobre moribunda cada vez que por los pasillos los ojos de mis compañeros se posaban furtivamente sobre mi transmitiéndome un “pobrecilla, le quedan dos telediarios”. Me revelaba contra mi misma tratando de que mi enfermedad no afectase a mi vida, aún sabiendo que era una ilusión. Pero cuando estábamos allí abajo, solos, algo era distinto. Muchas veces no me importaba tanto como quería creer el hecho de que desease protegerme, reconfortarme y darme un poco de cariño a su especial manera. Ante alguien tenía q sucumbir al fin y al cabo y, visto que no estaba dispuesta a hacerlo ni siquiera ante mi familia, no era tan mala idea aceptar de vez en cuando la mano que me tendía de soslayo. Sobre todo teniendo en cuenta que él era la única constante en la vorágine en que se había convertido mi vida en los últimos cuatro años; era el único que podía comprender sin necesidad de las palabras que tanto me costaba pronunciar; era el único que podía creer, creer lo  que me había ocurrido y el porqué, podía creerlo incluso más que yo misma.
            Y mientras estuve enferma, vi confirmada mi suposición de que compartía por mi el mismo cariño que yo albergaba por él. Supe que no era lástima y nunca lo había sido. Porque supe que al igual que quería creer en muchas otras cosas también quería creer, en contra de todos los pronósticos médicos, que me curaría, que no moriría. Y fue esa fe suya la que me mantuvo entera cuando perdí la mía, y la que finalmente le llevó a salvarme la vida. Permaneció siempre junto a mi. Me cuido en el despacho, asustado cuando una gota de mi sangre teñía de rojo un informe. No se separó de mi cama del hospital en los que parecieron mis últimos momentos, pese a las impertinencias de Bill, que sé que le hacían sentir infinitamente más culpable de lo que ya se sentía. Nunca se lo he confesado y nunca lo haré, pero le escuché llorar en silencio aferrado a mi mano cuando su espíritu estuvo a punto de quebrarse y perder la esperanza. Hubiese dado lo poco que creía que me quedaba de vida por poder abrir los ojos y hablarle, consolarle...Pero  no tenía fuerzas.
 No fue el fin. Su fuerza logró salvarme, su lucha. Viví. Desde entonces todo es como siempre, pero algo en el interior ha cambiado. Desde entonces continúa la protección mutua, los abrazos pedidos en silencio, las reveladoras conversaciones telefónicas de madrugada mágicamente olvidadas al día siguiente, las veladas de los viernes por la noche en su apartamento mientras clasificamos expedientes... Desde entonces los días siguen siendo iguales pero muchas cosas han cambiado. El hombre inaccesible y atormentado que había conocido se ha ido abriendo un poco a mi a su peculiar manera, y a veces ya no parece tan atormentado. Aunque no puedo reprocharle nada, no yo, que poseo una coraza casi tan sólida como la suya.

Georgetown.
Maryland.
02:00 AM.

            Un insistente sonido lejano se coló en mis sueños. Dormía profundamente. Era uno de esos sueños reparadores de los que uno trata de absorber hasta la última esencia porque además vienen acompañados de agradables imágenes irreales. Mientras pugnaba por aferrarme a aquel mundo paralelo en mi mente, fui consciente de que una leve sonrisa se dibujó en mis labios, aunque todavía no conseguía identificar el molesto sonido. “Dios, si es el teléfono!”, me dije girándome bruscamente hacia la mesilla y tratando de desperezar mis adormilados brazos. Me lancé sobre el aparato sin ni siquiera haber encendido la luz.
-¿Si...?
-Scully... Te he despertado...
Recordé que soñaba con él. Pues claro que me había despertado, pero ambos sabíamos que no sería capaz de enfadarme.
-¿Qué hora es Mulder?- pregunté algo más espabilada.
-Son las dos de la madrugada.
Silencio. Le resultaba difícil decirme algo. Decidí ayudarle.
-¿Va todo bien?
-He recibido una llamada esta noche- hablaba en un susurro y su voz se había vuelto extrañamente ronca.
-¿De quien?- el asunto empezaba a  preocuparme.
-Una fuente.
Cuando Mulder llamaba de madrugada, inquieto y desasosegado, a causa de algo por lo que tirarle de la lengua y respondía escuetamente, significaba que había mucho más detrás. Lo sabía.
-¿Y que te dijo tu fuente?
-Me proporcionó información sobre Samantha- escuché algo de fondo que no supe si calificar como un suspiro o como un bufido.
-Mulder...- no sabía como preguntárselo, él odiaba mi escepticismo; pero estaba harta de ver como lo manipulaban jugando con sus sentimientos-. ¿Estás seguro de que esa fuente es fiable?
Si respondía que si estaría dispuesta a seguirle a donde me llevase; tendría que hacerlo, hacía tiempo que había descubierto que no era capaz de luchar contra ese impulso.
-No, Scully- y tras una pausa-. Realmente creo que no lo es.
Ahora si había sido un suspiro. Lo imaginé sentado a oscuras en el sofá de su apartamento, con el teléfono junto a él y la cabeza hundida entre sus manos.
-Siento haberte despertado. Te veré mañana el la oficina.
Estaba derrotado. Pude sentirlo.
-¡Mulder!- me apresuré a decir antes de que colgase-. Si quieres yo... puedo acercarme y me cuentas que ha pasado. De todas formas ya me he despejado.
Nuevamente el silencio. No sería capaz de pedírmelo. Pero como tan a menudo entre nosotros, la ausencia de palabras hablaba. Sabía que lo deseaba. Realmente no le preocupaba la información que podía haberle proporcionado su fuente. Quizá ni siquiera hubiese información ni fuente. Tan solo era su forma de pedir consuelo.
-Estaré ahí en media hora.
-De acuerdo.

Alexandría.
Virginia.
02:25 AM.

            Apenas tardé veinte minutos en recorrer la distancia que separaba mi edificio del suyo. Crucé una ciudad desierta sin dejar de pensar que tenía que haber algo que yo pudiese hacer para impedir que sus fantasmas continuasen torturándole. Me sentía impotente e intranquila, porque no sabía con que Mulder de los tantos que conocía me iba a encontrar tras la puerta del apartamento 42. Salí del ascensor y caminé lentamente. Mulder no acostumbraba a demostrar necesidad de afecto, se limitaba a aceptarlo cuando yo lo intuía y se lo ofrecía. Era un ser solitario que se había acostumbrado a carecer de algo sin lo que muchos no podrían vivir. Esa noche se había mostrado desesperado, había reclamado ese afecto lo más encubiertamente que había podido. Al pensar en como podía sentirse se me hizo un nudo en el estómago y mi corazón comenzó a latir desacompasado en mi pecho. Di un par de golpes secos con los nudillos sobre la madera, intentando mantenerme serena en mi papel de doctora-amiga Scully.
-Está abierta- respondió en un tono de voz que me pareció indistinguible.
Giré el pomo. Lo estaba. Entré. Las luces apagadas, las persianas bajadas. Le busqué pero no le encontré, no podía ver nada.
-No deberías dejar abierto de noche, Mulder- le reprendí suavemente.
-Soy agente del FBI y tengo el arma sobre la mesa- respondió frío.
Su voz provenía del sofá. Mis ojos se acostumbraron a la luz y vi su figura tendida. Me acerqué sorteando los obstáculos de aquella estancia que conocía bien. Me senté a sus pies mientras el se enroscaba sobre si mismo para dejarme sitio. Tras unos instantes de incómodo silencio decidí tratar de tirar del hilo.
-¿Quién te ha llamado Mulder?
-Otro informador secreto. Para intentar mandarme al otro extremo del mundo y librarse de mi por fin- respondió con indiferencia y un leve temblor en su voz.
Me mordí los labios. Si había habido llamada, una de esas llamadas ya tan habituales. Cuando le conocí habría salido corriendo en medio de la noche siguiendo una pista falsa. No ahora, no después de lo que habíamos pasado y visto. Había aprendido a controlar los profundos sentimientos que en otro tiempo hubiesen nublado su  razón. Pero eso no significaba que alguien tuviese derecho a utilizarlo, a utilizarnos. Quería ver su rostro pero no podía, continuaba tumbado. Quería mirarle a los ojos.
-Scully, quiero que esto termine- dijo más sosegado.
-Lo sé. Yo también lo quiero.
-Quiero que dejen de jugar con nosotros como si fuésemos piezas de un tablero de ajedrez que día tras día deben escapar al jaque mate.
Mientras hablaba se incorporó. Se sentó a mi lado mirando al frente. Giré mi rostro hacia él, ahora la débil luz de la pecera me permitía ver su perfil. Puse mi mano sobre la suya y la froté, firme pero suave.
-No es fácil darte jaque mate, Mulder. Ellos lo saben y te temen, por eso intentan manipularte.
-No me importaría tanto si se tratase solo de mi. Pero se llevan por delante a todo el que se cruza en mi camino. Tratan de destruir lo poco que significa algo.
Hablaba de mi. Pero yo no me había cruzado en su camino. Yo estaba con él. Y no pensaba irme. Me miró. Tenía sus indescriptibles ojos grisáceos brillantes por las lágrimas, extremadamente apenados.
-Scully, nos están destruyendo poco a poco. ¿No te das cuenta?- estaba angustiado.
-Eso no es cierto. Lo sabes. Y yo sé que en tu interior quieres creer que nosotros ganaremos esta lucha. Es una lucha de los dos y todavía queda mucho por hacer.
Me sonrió ligeramente. No Mulder, yo no te abandonaré. Ni aunque me lo suplicases.
-Tu no te rendirás, eres incapaz. Sé que continuarás buscando la verdad hasta encontrarla. Por eso estoy aquí, porque confío en ti.
-Scully, debes de ser una de las pocas personas que lo hace.
Pasé mi mano por su mejilla en una sutil caricia.
-¿Y eso que importa?- pregunté sin apartar la mirada de sus ojos.
Tras un breve silencio me tomó por la cintura. Lentamente recostó su cabeza sobre mis piernas, la cara oculta vuelta hacia mi estómago.
-Tienes razón no importa- susurró en medio de otro suspiro, un suspiro distinto, un suspiro de satisfacción.
Pasé mi mano por su espalda, sobre su habitual camiseta gris. Me incliné para depositar un beso en su pelo, quizás más largo de lo aconsejable. ¿Pero que importaba eso también? Deseaba hacerlo. Tenía una dolorosa necesidad de acariciarlo, de calmar su dolor. Aspiré el perfume de su cabello y permanecí unos segundos con la barbilla apoyada sobre su cabeza, mientras él se aferraba a mi cintura con más fuerza y comenzaba a temblar. Lloraba en silencio. Me incorporé para pasar mis dedos suavemente entre su pelo, a mi me relajaba, quizás también a él. Con la otra mano acaricié su cuello y la mejilla que tenía a mi alcance, noté las lágrimas calientes. Lo miré apesadumbrada, frustrada; tuve que esforzarme por no acompañarle en su llanto. Otro hombre que hubiese pasado por lo que él había pasado haría tiempo que se hubiese venido abajo. A pesar de verle tan desvalido admiré su fuerza. Y odié a los que provocaban que se sintiese así. Abandoné su mejilla para ocultar una lágrima que ya corría por la mía. Pero se deshizo de mi cintura y, sin más movimiento, sujetó mi mano antes de que hubiese podido pasarla por mi cara. Con una mezcla de ternura y desesperación la devolvió a su mejilla. Se abrazó de nuevo a mi cintura.
-No pares, por favor... Solo hoy, no pares.


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