EL ARTE DE NO CAER . 6.

CAPÍTULO 6.

El 6 de diciembre de 1997, con 17 años y medio, comencé a escribir lo que en mi mente sería una novela corta. Como siempre, hasta entonces, creí que no la terminaría. Había escrito y terminado incontables cuentos. Había ganado varios premios literarios, incluso  en metálico, pero la novela todavía se me quedaba grande. No lograba terminarlas. Las ideas cambiaban, los personajes se desdibujaban y todo se hacía un lío en mi cabeza. No existía la técnica para mi; tan sólo lo que sabía y era capaz de expresar con un bolígrafo sobre un papel. Algo más sé ahora...poco; la base de lo que hago sigue siendo la misma. Un bolígrafo deslizó las tres letras de la palabra FIN a mediados de febrero de 1998: dos meses y una semana más tarde. Porque ésta se escribió sobre folios en blanco y con bolígrafo azul. El manuscrito existe todavía. La había terminado, en medio de la vorágine estudiantil de COU, mi primera novela. 

En diciembre cumplirá 20 años y recordaré la resaca que tenía cuando redacté los primeros párrafos, esos son totalmente autobiográficos. El resto no, en absoluto... No en aquel momento. Quizás un poco "meigos". Si alguna frase, frases que escuché y me marcaron. Si el contexto de Julia y sus circunstancias, las suyas son las mías , pero descafeinadas; porque entonces no tenía valor para hablar. Juan... Juan nunca ha existido, es una mezcla de varias personas, y alguien que "mi yo Julia" necesitaba. No su final... Pero a "mi yo Julia" no le ocurrían cosas buenas y  estaba acostumbrada.

SPOILER: HAY UNA SEGUNDA PARTE (sí, sé que nunca fueron buenas...) EN LA QUE HE TRATADO DE ARREGLARLO.

Lo que trato de decir es que, comencé este blog, este refugio para mi alma (Soul Asylum o Soul Shelter) en mayo de 2012 publicando esa novela por capítulos; y al cambiar la cara al refugio he visto que es uno de los rincones más populares del refugio. ¡Quién me lo iba a decir! Lo dejé muy pronto por problemas de salud: una operación ... y demasiado trabajo por cuenta propia para poder comer. Pero el ver esa "popularidad" ha sido muy importante para mi. Me siento muy agradecida. Por lo que, aquí está el siguiente capítulo, el capítulo 6. Me siento, también, para compartir el original íntegro.... Y posibles modificaciones sobre él 20 años después, con otros ojos, con más años, con más experiencia.

Y también , ¿por qué no? para pasar a ordenador, durante el verano, cuentos de los años 90, 91, 92, 93 y 94, inspirados en la colección juvenil "Los aventuras de los cinco" de Enid Blyton; con la que yo crecí, devorándola una y otra vez... si así es deseado y hay por ahí algún niño o niña que todavía disfrute con ese tipo de mágica literatura.

Este capítulo, si mi gran cantidad de lectores ("¡¡¡madre de mi alma!!! Qué sorpresa, Laurie, querido...") me lo permite, a la gran escritora de literatura infantil y juvenil ENID BLYTON: si sus obras no hubiesen caído casualmente en mis manos, (fue lo único de valor que pude sacar en positivo de mi hermana) probablemente yo no estaría escribiendo una sola sílaba ahora mismo. Mientras mi tío argentino, de visita en casa en 1988, me miraba sonriendo cada vez que hundía la cabeza en un libro, que era constantemente; un día se le ocurrió preguntarme: "¿Y vos, que querés ser cuando seás grande?". "Escritora", respondí sin dudarlo ni levantar la vista del libro. 29 años más tarde, de un modo u otro, a muy  baja escala, lo soy Maximino. Me gustaría que volvieses aquí, a tu tierra, para poder mostrártelo. Lo grande que está la niña de 8 años, que ya no es una niña, es una mujer, lo mucho que se esfuerza por sus alummnos, lo mucho que se esfuerza por buscar oportunidades para publicar, enseñarte mi currículum y biografía literarios y todos mis cuentos, relatos, novelas hasta que te aburrieses de leer a la pesada de tu sobrina y me dijeses: "Si, vos ibas a ser escritora de grande... Ahora poné el horno a andar que voy a cocinar empanada de verduras. Y no podés engañarme, a tu edad sabés hacerlo, y te comerás la empanada".

Gracias Mrs. BLYTON.

CAPÍTULO 6.

Normalmente las copas las tomábamos en mi zulo. Normalmente en su casa estaban sus padres. A veces también estaba Kike. Sólo a veces, hacía un tiempo que se había ido desvinculando, no lo soportaba más. Juan se había quedado solo en primera línea de fuego.

            - ¿Vodka?- preguntó.
- Sí. Con limón.
- Lo sé.
Me fui a su habitación. De nuevo me quité la chaqueta dejándola a los pies de su cama. Era una cama grande para una sola persona, podría hacer submarinismo allí. Yo dormía en una ridícula cama de ochenta centímetros, aunque era cierto que él era bastante más alto que yo. Curioseé entre sus CD´s. Nada nuevo, pero una vez más me maravillé ante el amplio abanico de gustos musicales de Juan: en la variedad está el gusto, me decía él. Tenía razón.  Al echar una mirada a mí alrededor me percaté de que nunca había abierto su armario. Me acerqué y tiré tímidamente de una de las puertas. Me mantuve alerta por si venía, no creía que le importase pero no me apetecía que me pillase fisgoneando en su armario. Realmente el fisgoneo me duró poco. El caos allí materializado dañó gravemente mis ordenados ojos y cerré enseguida, haciendo más ruido del que me hubiese gustado. Me senté en la cama a esperar pacientemente pasando las páginas de un libro. Pronto apareció. Traía consigo los vasos y las botellas, de vodka y refresco, llenas. Vaya. La noche prometía, agradecí no tener clases por la mañana al día siguiente. Tras preparar unos generosos cubatas se sentó conmigo apoyando su espalda en la pared, semitumbado.
- Aquí tienes lo tuyo - parecía más calmado, aunque no creía que lo estuviese.
- Gracias.
Sus ojos brillaban. Pero no era un brillo alegre, era un brillo amargo.
- ¿Qué leías?
- Echaba un vistazo a este libro.
- Mmm- asintió mientras tomaba su primer trago-. Es bueno.
Charlamos un rato sobre literatura. Luego otra copa. Unas palabras sobre música. Y otra copa. Risas y los habituales piques: ¿cómo puede gustarte eso? ¡Es horrible! También le pegamos un repaso al cine. Me estaba divirtiendo. Mucho. Semejaba que también él se divertía, pero no estaba muy segura.
- ¿Qué pensarías si te dijera que no sé si quiero que sobreviva?- me espetó de pronto, al tiempo que su rostro se tensaba y su mirada se clavaba en la mía.
No, creo que en realidad no se divertía demasiado. Me había dejado sin palabras. Eso debería habérmelo dicho por teléfono, como siempre, y no así, sin más, sin apartar ni un instante sus grandes ojos oscuros de los míos.
-Ahhh- balbuceé en medio de un hondo suspiro desviando la vista hacia mi vaso.
-¿Creerías que soy un insensible? ¿Qué pensarías de mi?
Bien. Siempre había supuesto que llegaría el momento en que reuniría las fuerzas o el valor para hablarme de sus emociones cara a cara.
-En absoluto creería que eres un insensible- dije volviendo a mirarle tras tomar aire-. Todo lo contrario- hice un pausa-.Juan, entiendo que desees que muera. Abstrayéndonos de sentimentalismos y racionalizándolo, opino que sería lo mejor para todos vosotros. Supongo que cuando Kike  lo sepa lo deseará tanto cómo tú. Quizás tu madre sufriría al principio, pero cuando se rescatase de sí misma volvería a vivir, vivir de verdad.
Contrajo los labios, como en gesto de asentimiento. Cómo no iba a comprender que quisiese que muriese cuando yo también lo quería, quería verle feliz de una vez por todas.
-Ella está tan anulada...- continuó-. No sé si sería capaz de recuperarse si él no estuviese. Sé que suena macabro, pero él y todo lo que ocurre a su alrededor, todo lo que hace, es su mundo; no conoce otro desde hace demasiado tiempo. No sé si encontraría su lugar si se lo quitasen. Todo eso está incluso por encima de nosotros. Es una estupidez pero... está incluso por encima de su instinto maternal.
Le costó mucho pronunciar esas últimas palabras. La voz le tembló. Las manos también. Su vaso casi se derrama. Sus ojos adquirieron un brillo húmedo. Miró al edredón de la cama.
-Llegó a decir que si supiese que un hijo suyo iba a ser “así” no lo hubiese tenido- era más fácil hablar escondiéndose tras una cabeza gacha, claro que lo era-. Una vez comentó- creí percibir algo parecido a una sonrisa, aunque cínica, pero una sonrisa- que yo acabaría tirado en una esquina con una aguja clavada en un brazo. ¿Qué te parece?
Tardé un rato en contestar, aunque no sabía si era una pregunta que esperase una respuesta. No podía dejar de mirarle. Intentaba imaginar la expresión del rostro que me ocultaba. El corazón se me oprimía. Tenía que hacer grandes esfuerzos para no abrazarle fuerte y susurrarle palabras de consuelo, algo que temía que no le agradaría demasiado. Incluso a mi me temblaban las manos.
-No creo que se pueda juzgar a nadie a la ligera por una ínfima parte de su vida- dije al fin. Sólo habían sido unos meses. Ni siquiera había llegado a depender de ello, a necesitarlo. Tan sólo había sido una válvula de escape temporal. Yo lo había vigilado muy de cerca, a veces incluso demasiado. Me enfadaba, pero le seguía.
-Sé que he hecho muchas cosas mal. Que he hecho daño a mucha gente. Soy consciente de que hubo una época en la que me metía todo lo que pillaba por delante. Pero se terminó. Eso no arreglaba mis problemas, sólo los difuminaba haciéndolos más pesados cuando todo volvía a ser real. No es la vida que quiero para mi, ni para nadie que esté a mi alrededor.
-Lo sé, Juan. Todos cometemos errores. No le des más vueltas a eso.
-¿Tu lo has olvidado? ¿Me has perdonado por arrastrarte a lugares en los que nunca deberías haber estado?
-No me arrastraste. Fui porque quise- dije firmemente. A mi nadie me arrastraba, tenía la personalidad suficiente para tomar decisiones por mi misma. Bastante me habían arrastrado ya en el pasado.
-¿Porqué?- preguntó con voz grave.
¿Qué pretendía que le dijese? A mi también me daba miedo hablar.
-Porque eres mi amigo.
Se hizo un pequeño silencio, como si estuviese meditando la respuesta, como si no le hubiese satisfecho.
-Es ilógico que desee que mi padre muera- concluyó volviendo al tema inicial.
-¿Porqué?- pregunté yo ahora.
-Porque es antinatural.
-Es antinatural que os haya tratado como lo ha hecho.
Alzó el rostro. Me miró con lo ojos empapados en silenciosas lágrimas, lágrimas que corrían por sus mejillas hasta sus labios, enrojecidos de mordérselos, y bajaban por su cuello. Negaba desesperadamente con la cabeza.
-Ya lo sé, Julia- tragó saliva, desvió la vista hacia la pared mordiéndose de nuevo el labio inferior, avergonzado.
No podía hacerme eso. El corazón se me iba a salir del pecho. Era demasiado para un solo día, me mostraba sus sentimientos cara a cara y ahora eso. No era yo la única que pecaba de extremista. O todo, o nada. ¿Qué podía hacer? No llores. Pero también él era humano y tenía derecho a sufrir, y  a llorar.
Suspirando, temblando como una hoja, y casi sin saber lo que hacía, puse mi mano, que me pesaba toneladas, sobre su brazo y lo acaricié cariñosamente. Me miró nervioso, sonriendo con amargura entre las lágrimas.
-Lo siento- susurró entrecortado.
-Nooo... Juan... Yo...
 Sus ojos se movían a gran velocidad dentro de sus cuencas sin que pestañease ni un momento. Sus facciones se contrajeron en un espasmo. Sin mirarme y en un veloz movimiento, como el que no quiere que se den cuenta, puso también su mano sobre mi brazo y, atrayéndome hacia él, me abrazó fuerte. Comenzó a sollozar débilmente con la cabeza inclinada sobre mi hombro. De nuevo me había equivocado. Si le hubiese gustado que le abrazase, quería que le abrazase, necesitaba desesperadamente que alguien lo hiciese. ¿Cómo no me había dado cuenta? ¿Era posible que hubiese logrado engañarme a mi? ¿Qué hubiese conseguido que me creyese que poseía aquella fuerza sobrenatural? Sentí mi corazón palpitar junto al suyo, un escalofrío me recorrió la espalda, un profundo vacío en mi interior era invadido por algo parecido a una descarga eléctrica que subía y bajaba de mi pecho a mi estómago. Luchaba para que mis ojos no se viesen anegados también por las lágrimas, no ahora que él me necesitaba realmente. Acaricié su espada suavemente, de arriba a abajo. Con mi otra mano entrelazaba los dedos sobre su pelo, porque una vez me había dicho que eso le relajaba. Ladeé un poco mi cabeza, lo que me permitió moverme aquel intenso abrazo, no llegaba a su mejilla, así que le besé en el cuello. No me sentía capaz de decir nada. No creía que pudiese decir nada, ni que tuviese que hacerlo. No era necesario hablar con palabras mientras le sentía temblar pegado a mi. Permanecimos así unos minutos, creo que al final comenzaba a mecerle lentamente. Se calmó. Poco a poco sus sollozos se fueron espaciando, comenzaba a moverse para acomodarse sobre mi cuerpo, respiraba profundamente. Me acercó, si cabe, más a él para pasarse la mano que sujetaba mi espalda por la cara. Luego me soltó despacio. Había tratado de enjuagarse las lágrimas, pero su rostro todavía estaba húmedo y enrojecido; sus ojos brillantes e hinchados. Era una imagen de Juan que jamás había visto, y que me dolía tanto... No podía dejar de observar cada pequeño movimiento con suma atención, analizando, por si podía hacer algo por él. Un poco más calmado, su mirada se encontró de nuevo con la mía.
-Joder... Julia, lo siento- dijo soltando una honda bocanada de aire como si le molestase dentro de su cuerpo.
-No Juan, no lo sientas- respondí en un tono más sensiblero de lo que me habría gustado, a la vez que negaba suavemente con la cabeza sin apartar la vista de él.



25/05/2017.

21:43.

Josephine March.


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