PEDAZOS DESORDENADOS DE MI ORDENADA VIDA. Capítulo 2.

Esto es lo que entregué a una psicóloga de la Seguridad Social hace un par de años y se fue a la papelera. La mayoría de los nombres no eran reales, ahora lo son:


- Dora: Dorinda Corral Rico: 09/10/1909-10/12/1992. Mi tía abuela. Para mí , mi abuela , la única que he conocido. La persona más noble que he conocido en mi vida,
- Begoña: Beatriz Fernández Corral. Lleva los mismos apellidos que yo, y tiene los mismos padres que yo.
- Carmen América Corral Rico: mi madre.
- Fernando (César Raúl) Fernández Budiño: 18/12/1935-05/10/1980. "Nucho". Mi padre. Envuelve todo el texto.
- Patricia Fernández Corral. Yo misma. 30/04/1980.
- Elvira: Idalia Corral Rico. Hija de Dora, prima de mi madre.
- Maximino Mato: marido de Idalia, yerno de Dora.
- Raquel: no voy a mencionar su nombre real, por no recordar la decepción que me produce que siempre se hubiese aprovechado de cierta vulnerabilidad. Tampoco importa, nunca leerá esto.


TROZOS.

            La mecedora se balancea suavemente. Sólo quería una mecedora de mimbre y ya la tiene. Se ha abrigado con una manta pero siente mucho frío por dentro. El sol se pone y ella mira al monte que siempre ha estado frente a la ventana, a lo lejos. Intenta ver más allá de las torres de televisión. El cielo se vuelve rojo, mañana será otro bonito día, eso está bien. Abre mucho los ojos, pero ya no es capaz de abrirlos tanto como antes. Quiere ver que hay todavía más allá pero la vista no le alcanza. Quiere ver si queda alguna pequeña posibilidad de que exista algo diferente. Pero no puede verlo. Seguramente porque no lo hay. Para algunas personas nunca lo hay.

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Es una Nancy. De aquellas grandes, de las de los setenta y los ochenta. Es bonita. Tiene una bonita melena rubia. A ella le gustaría tener el pelo largo y rubio. Pero lo tiene oscuro y corto, casi como un niño, porque su madre la ha llevado a la peluquería para que se lo cortasen, y lloraba mientras veía a través del espejo como caían al suelo los mechones. Decide que quiere lavarle el pelo a la muñeca. Pero también quiere ver el concurso de preguntas que ponen después del telediario del medio día. Con cinco años no se entera de mucho. Pero ella quiere verlo. Su madre no la deja llevar el barreño con agua para la sala, no quiere que moje el suelo. La sienta en medio de la cocina, a una distancia prudente, donde puede ver la televisión desde lejos y lavar a la muñeca. Ella sabe que hace unos minutos estaban gritando. Pero no quiere acordarse, por ahora son pocas veces y es más divertido jugar con la muñeca. Le está poniendo champú, a lo mejor después puede ponerle también suavizante. Pero una mano grande la sujeta fuerte. De pronto está de pie y mira con los ojos muy abiertos como la Nancy cae al suelo, la bañera se vuelca y el agua inunda la cocina. La mano tira de ella. Ahora hay mucho ruído y voces. Y todo da vueltas.
-¡¿Qué pasa?! ¡¿Es que tú tampoco quieres estar conmigo?! ¡¿Te doy asco?! ¡Pasa para la sala!
La arrastra hacia la televisión.
-¡Que te estoy hablando! ¡Mírame cuando te hablo!
La zarandea. Pero ella no quiere mirar. Los gritos son muy grandes, le da miedo ver la cara. Casi no puede moverse del susto. Vuelve la vista al suelo y murmura algo que no se entiende pero que quiere ser algo así como “es que mamá no me dejaba”. Y mamá mira pero no dice nada. Mamá no la ayuda. La mano no es tonta, sabe lo que hace. En el libro de familia pone que es su hermana, y que es trece años mayor que ella.

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            Hace unos meses que está un poco más alegre. Que parece más lo que es. Ahora ya no tendrá que salir corriendo detrás de su tía abuela con una bolsa de cosas del pueblo que se le ha olvidado cuando se marchaba a coger el coche de línea para volver a la aldea. No es que le molestase, pero ahora la tiene en casa para siempre. Parece que no es algo bueno. Está allí porque la ha atropellado una moto y ya no puede cuidarse sola. Y Begoña no quiere que esté allí. Pero es buena con ella. La llama “su niña”. Y cuando su madre le va a pegar ella corre junto a Dora, se abraza a ella, y Dora no deja que le pegue. Pero finalmente lo hace, en otro momento. Ha probado varias veces la palma de la mano y el palo de la escoba. Cree que no debería ser así. No piensa que se porte tan mal. Otros niños se portan peor y a ellos no les pegan. Un día no quiere que le pegue. Quizás si se pone de rodillas delante de ella y se lo pide por favor no lo haga. Y ese día funciona, la escoba se queda en la cocina. Pero su madre siente que tiene que hacerlo. Se ha quedado viuda con una niña de trece años y un bebé de cinco meses, y siente que tiene que hacerlo. Así que, además de cuidar a Dora también le pega. No mucho, para que no se note. Pero le pega, y Dora se queja. Ella escucha el “ay, ay, ay” en la voz vieja, aguda y débil. Tiene setenta y seis años y no se puede defender. Ella tiene seis y tampoco puede. Pero cuando las cosas andan tranquilas están juntas, y juegan a las cartas. Dora no sabe pero lo intenta, no importa mucho cuando la baraja es de Pumuky o de Los Diminutos. También están juntas cuando el cura viene a visitar a Dora, a ella le encanta el cura. Pero a Begoña no le gusta nada. Ni tampoco Dios, y lo deja claro cuando grita, que cada vez es más a menudo.

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·                    Es agosto y hace calor. Pero ya son las siete de la tarde y se está mejor. Ella está en la ventana con Dora. Miran a la calle. Entonces los niños todavía jugaban en la calle, decenas de niños jugando. Una niña hace una señal y Dora le dice que baje a jugar con ellos, porque le gusta verla jugar. Ella no está muy convencida, sabe lo que puede pasar. Pero no quiere decir que no lo está, ni explicar porqué. Así que coge una bolsa con sus juguetes, y baja los cuatro pisos no demasiado de prisa, sin demasiadas ganas. Durante un rato corren por la plazuela delante del edificio, juegan a la queda o algo parecido. Un niño le dice algo que no le gusta, pero hace que no lo ha oído y se va al campo a jugar a los cacharritos con las niñas. Pero también escucha cosas que la ponen triste. La insultan, le han puesto varios motes y se los repiten. Son muchas niñas y algún niño repitiendo lo mismo. Ella sigue fingiendo que no oye mientras hace una tarta de chocolate con la tierra. Alguien dijo algún día que en esos casos era lo que había que hacer. Mucho tiempo después descubrirá que sólo sirve con los adultos, no con los niños. Los niños se enfadan mucho si no les hacen caso. Tiran sus cacharritos por los aires y se ríen,  diez o quince niños se ríen a carcajadas y llaman a los demás para que lo vean. Ella se queda quieta, sólo mueve los ojos mirando lo que hacen. Otras veces ha llorado, pero ahora no tiene ganas, sólo quiere que acabe para volver a casa. Pronto ya hasta han estrellado la tarta de tierra contra una columna, no queda nada más que desbaratar. Paran y se alejan un poco, pero no dejan de mirar y reírse. Ella se levanta y comienza a guardar en la bolsa de plástico sus potas y platos. Algunos están rotos; la bolsa abultará menos, su madre preguntará y la llamará tonta. Una niña mayor que ella se acerca. Vive en el mismo edificio, en el segundo piso. Casi nunca se mete con ella pero esa tarde si, ha hecho lo mismo que los demás. Ahora la mira con pena y la ayuda a recoger sus cosas. Los otros no las pierden de vista aún entre risas. Ella no habla, no tiene ganas. Termina de guardar lo que queda, le dice “gracias” a la niña-vecina y se marcha andando despacio. Otras veces se va corriendo, pero ahora tampoco tiene ganas de correr. Mira a su ventana, no hay nadie en ella. Quizá no lo hayan visto, pero tendrá que esperar a llegar arriba, a ver si su madre la llama tonta, para saber si lo han visto. Aún no lo sabe pero siempre se acordará de la niña-vecina como la que esa tarde la ayudó a recoger sus cacharritos. Lo que si sabe es que no volverá a bajar a jugar a la calle. Lo decide mientras sube por las escaleras; no quiere que vuelvan a reírse de ella ni que rompan sus juguetes, así que no volverá a estar con ellos. La próxima vez que la llamen porque se aburren, les dirá que su madre no la deja bajar. Pero siente que lo hacen porque ella no es una niña normal: ni guapa, ni simpática, ni resuelta. Siente que en ella hay algo que está mal, que no sirve, por eso se ha quedado quieta.

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Cuenta las monedas. Tiene cinco duros. Si su madre le da otros cinco podrá comprar una buena cantidad de gominolas. Begoña repite varias veces que son malas para los dientes y que además ella está gorda. Pero a ella no le duelen los dientes y a los diez años todavía no le importa mucho ser una niña rellenita. Cada vez lo dice más alto y más enfadada. Por eso ella, en cuanto consigue los cinco duros extra, sale pitando hacia el quiosco. En la calle se encuentra con Verónica. Tiene sólo cinco años y también va  al quiosco, así que van juntas. Se siente mayor a su lado, se siente fuerte porque tiene que darle la mano para cruzar la carretera, tiene que cuidar de ella. Verónica sabe que ella es el hazmerreír,  pero como están las dos solas no le importa. Por eso ella no se lo toma a mal cuando le hace esa pregunta.
-¿Porqué tu hermana grita tanto?
Pero la vocecita extremadamente infantil no evita que un calor ardiente estalle en su interior y se le suba a las mejillas. Tiene vergüenza.
-Mi hermana no grita- miente, a sabiendas de que no sabe hacerlo y de que se notará que miente.
-Si que grita, la oímos en la calle- insiste Verónica.
-Pues no es ella- le da igual que se note que no es verdad, no piensa reconocerlo. Ella quiere ser como los demás, y en las casa de los demás no gritan.
-Si que es- terquea la pequeña.
-Te digo que no.
Ya no abre la boca en todo el camino, ya no sabe si quiere las golosinas. No, en las casa de los demás no hay una persona que grita cada dos por tres desgarrando su voz y los tímpanos ajenos. Que no se sabe porqué grita. Begoña sólo grita por todo. Requisa la única televisión, se la lleva para su habitación y hace único usufructo de ella mientras los demás se preguntan porqué ellos no pueden ver la televisión. Y porqué no pueden oírla cuando pueden verla; por lo visto tiene demasiado volumen y le molesta para estudiar, pero ella no es capaz de escuchar y tiene que utilizar los cascos del Walkman que le pican en las orejas.  Begoña le quita los ahorros que guarda en la hucha, las cien pesetas que le da su tío cada vez que viene y que ya suman unas cuantas cien pesetas. También le quita el radio cassette grabador de doble pletina que le han traído los Reyes, para poner continuamente El último de la fila, que a ella le gusta, pero que por alguna extraña razón no puede soportar. Ya sabe que recordará para siempre a la “dulce Sara” y a la “querida Milagros”. Como también sabe que recordará el ritmo de sus pasos, porque los conoce muy bien. Porque cuando oye cerrarse la puerta del edificio se pone en alerta, escucha. Y a la primera pisada fuerte y rápida sabe que es ella. Entonces huye a la habitación de Dora porque sabe que no irá, sabe que no la quiere ver y no entiende porque; nunca entra allí. También huye junto a Dora cuando las dos discuten y gritan mucho, cada vez más alto. A veces se mete en la cama con ella y le cuenta lo que aprende en el colegio, otras veces se mete debajo de la cama. Luego su madre va a sacarla de allí llamándola por el nuevo nombre que le ha puesto, Prea. No es para tanto, recuerda que se sorprendió mucho más cuando la llamó puta a los seis años. Porque aquella era una palabra muy fea que no se podía decir.
No, en su casa no pasaban esas cosas. No podía ser que pasasen. Begoña había hecho un cursillo de peluquería y ahora les cortaba el pelo a las dos. Normalmente se estaban muy quietas y calladas. Pero un día de verano a su madre le pareció que se lo estaba dejando demasiado corto. Begoña lanzó un alarido. Fue un simple “aaaaahhhhh”, pero hizo temblar sus cuerdas vocales, el edificio y a ella que miraba por la ventana en la misma habitación. Begoña lanzo las tijeras al aire y fueron a caer al suelo a un par de metros. Después se fue dando un portazo. Y su madre se quedó sentada en una silla en medio de la galería, con el pelo medio mojado y medio cortado. Ella quiso ir a decirle que terminase de cortarle el pelo, pero no se atrevió. Tampoco se atrevió a decir nada el día que estaba dibujando en la mesa de la cocina. Ellas gritaban a su lado, le molestaba mucho pero ya se había acostumbrado. Begoña quería dinero y su madre no se lo quería dar, era mucho dinero. Así que Begoña la tiró al suelo de un empujón y se fue a su habitación. Cuando su madre se levantó llorando  y se marchó a comprar el pan ella no pudo articular palabra. Después dijo que iba a comprar golosinas, pero se pasó la mañana dando vueltas por el barrio. Al día siguiente era sábado y su madre le dio dinero a Begoña para ir a comprarse ropa, y como todos los sábados durante muchos años la mandó con ella. Sabía que no quería ir con ella, le había pedido muchas veces que no la mandara con ella, pero no le hacía caso. Quería quedarse sola en casa y no le importaba como lograrlo, quería su rato semanal de paz. Pero los sábados por la mañana eran mal día. Begoña tenía el paso muy largo, iba por la vida pisando fuerte. Ahora no le costaba tanto seguirla, pero recordaba que cuando tenía seis o siete años no era capaz de andar tan de prisa, así que corría detrás de ella y la gente la miraba. No hablaban en toda la mañana, Begoña y ella nunca hablaban. Ella tenía miedo de que le dijese algo o le hiciese alguna pregunta porque no sabía que era lo que tenía que responder para que no gritase. Era peor cuando le tenía que comprar ropa a ella. Tenía que decir que todo lo que escogía Begoña le gustaba, y tener mucho cuidado de que no la pillase mirando algo que si le gustaba para que no la llamase palurda en medio de la tienda y le gritase que era igual que su madre. Porque eso le daba vergüenza, y miedo.

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§     El piso de Malpica durante el verano era lo mejor. En esos días si que disfrutaba, mucho más de lo que disfrutaría cuando años más tarde fuese ella de veraneo. Su madre le alquilaba un piso a Begoña, junto con otras chicas, durante un mes en el verano. Quedaba instaurado el mes de la tranquilidad. En uno de esos últimos veranos de paz ella hizo una nueva amiga. Una chica que vivía en los edificios del final de la calle. Era cuatro años mayor que ella, tenía catorce y un hermano con síndrome de Dawn. Los tres se lo pasaban bien. María la quería y su hermano todavía más, la abrazaba varias veces todos los días No paraban mucho por el barrio. Después de la telenovela iban a un parque que estaba algo más lejos. Jugaban con amigos nuevos, y cada dos semanas ellas compraban la Super Pop y leían artículos surrealistas sobre los New Kids On The Block. En el parque había dos niñas más pequeñas que el resto, Natalia tenía cinco años y Marta tres. Los otros niños se reían de Marta porque todavía no hablaba bien y no era capaz de correr tan de prisa como ellos, así que Marta casi siempre estaba sola a un lado jugando con la hierba. Pero ella odiaba verla así, y quiso que pasaran las tardes juntas. La cogía en brazos para correr cuando tenían que escapar de otro niño, la subía al balancín y la sujetaba para que no se callese, jugaba con ella a hacer comiditas, y le hablaba dulcemente. Además le encantaba mirarla, era una bonita niña con la cabeza llena de bucles rubios y unos enormes ojos azules.
§     Pero también había un niño de su edad que era malo. Molestaba a todos los demás, a veces les pegaba y pocos se defendían porque le temían, porque él era “Iván el niño malo”, algo así como Iván el Terrible. Ella intentaba no acercarse a él, pero también la importunaba cuando veía la oportunidad. Una tarde Iván decidió no dejarla en paz. Ella aguantó. Aguantó casi toda la tarde. Pero cuando se iban a casa dijo algo de su padre, que hacía mucho que no estaba. Ya le habían dicho cosas feas sobre su padre, y no sabe porqué esa vez no pudo hacer como las otras; mirar al suelo, cerrar sus oídos y seguir andando. Se dio la vuelta y empujó a Iván, que le sacaba una cabeza. En seguida estaban rodeados por el resto de los niños, había una pelea y había que ir a verla. Iván le devolvió el empujón. María la cogía de la mano intentando alejarla para que pudiesen irse. Pero ella volvió a empujar y supo lo que significaba eso que había escuchado de que el nervio vale más que la fuerza, consiguió tirarlo al suelo. Ese día llevaba el único vestido de niña bonita que tenía. Parecía más blanco sobre la piel morena del sol, le llegaba por debajo de las rodillas y tenía un lazo a la espalda. Pero no había elegido bien para la ocasión. En ese momento le hubiese gustado tener puestos unos pantalones. Aún así alzó la pierna y le propinó una patada. Ese tenía que ser su día bueno, porque él gritó y se encogió sobre si mismo sujetándose la barriga. Debía de haberle dado en la boca del estómago. Pero no estaba acostumbrada a hacer esas cosas y pensó que a lo mejor se había pasado. Así que farfulló algo con los puños apretados, se dio la vuelta y por fin pudieron irse. Al día siguiente volvieron al parque. Ella tenía miedo. Iván le iba a dar una buena paliza. Pero no ocurrió nada. Ese día Iván no se metió con ninguno de ellos, y aunque un par de tardes después volvió de nuevo a la carga, a ella nunca más la molestó, ni a nadie que estuviese con ella. Y ella se sintió bien. Se había defendido. Por primera vez en su vida se había defendido. Pero lo mejor era que había ganado, había puesto en su sitio al matón del parque. No volvería a hacer nada parecido hasta muchos años más tarde, pero siempre le quedó el consuelo interior de que Iván continuó siendo el matón durante mucho tiempo y ella una vez le había parado los pies.

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            Aquel verano en casa también hubo que pintar. Su madre no tenía dinero para pagar a un pintor, así que se pasó una semana de tienda en tienda buscando la pintura más barata, y, una vez que la encontró, ellas mismas comenzaron a pintar las paredes de un color blanco roto. Ella  estaba emocionada con la idea de pintar la casa. Porque era algo excepcional y distinto. Había visto a actores pintar sus casas en las películas y creía que se lo podía pasar tan bien como ellos. Pero había algo que no estaba del todo bien en el entusiasmo que sentía, que no la dejaba estar todo lo contenta que sabía que debería estar. Era una pequeña incertidumbre. Y aunque todos decían que ella era tonta, sabía de sobra que esa sensación de vacío en el estómago solía materializarse en algo malo.
            Empezaron por la sala, alrededor de las cuatro de una tarde muy calurosa. Ella no podía coger el rodillo, le tocaban las esquinas y los bordes con un pequeño pincel. Mientras pintaba imaginaba historias. Eran historias bonitas, y sonreía. Pero hacía demasiado calor y quizás fue por eso. No sabe muy bien como empezó, en realidad pocas veces lo sabe, pero de pronto estaban chillando. Ella continuó pintando, como si no las oyese. Cerró los ojos para concentrarse y que la historia cobrase más fuerza que los gritos, pero cada vez eran más altos, cada vez se oían más y la historia se oía menos. Begoña se bajó de la silla muy enfurecida por algo. No dejaba de hacer aspavientos con sus largos brazos y cada vez estaba más cerca de ella, que estaba sentada en el suelo junto a la puerta, pintando el borde del marco. Y de repente el rodillo que Begoña tenía en la mano saltó por los aires, su pierna pasó a unos centímetros de la cara de ella y su pie fue a estamparse en medio de la puerta. Ella dio un respingo por instinto, luego se quedó muy quieta, y, cuando Begoña se fue airada, miró a su madre con los ojos muy abiertos y el semblante desencajado. Pero su madre no hizo ni dijo nada. Y como las puertas no eran de madera, sinó más bien de algo así como cartón piedra,  ella pudo ver como media zapatilla de Begoña había quedado bien marcada allí. De hecho, le había faltado poco para salir por el otro lado, pero aún así había dejado un buen agujero. Y como tampoco tenían dinero para cambiar las puertas, ese agujero se quedaría allí durante diecisiete años para recordar que Begoña era una mujer con tanta personalidad que cuando se enfadaba rompía puertas. Entonces no sabía que más tarde, de adolescente, cuando Begoña ya no estuviese allí y sus amigas pudiesen entrar al fin en casa, tendría que improvisar excusas cuando alguien preguntase por el dichoso agujero.

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            Un mes antes su profesora les había dicho que tenían que escribir un cuento cada uno. Era para un concurso. Eso era fácil, mucho más fácil que las matemáticas. Y era divertido. Un par de años atrás, la misma profesora les había mandado hacer su primera descripción. Ella había descrito al pekinés del vecino, porque era muy bonito y cariñoso. Debió de salirle bien el ejercicio porque la profesora les riñó mucho a todos excepto a ella, y leyó su descripción en voz alta para toda la clase. Alabó el pequeño texto mientras ella fijaba la vista en su pupitre avergonzada. Por lo visto no había reiteraciones, ni demasiados “y”, estaba bien adjetivado y también puntuado. A partir de entonces la profesora siempre ponía como observación en su boletín de notas “lee y escribe mucho en las vacaciones”. Por lo visto tenía un talento, podía hacer algo mejor que los demás. Y no podía porque lo hubiese aprendido, sinó porque si. Ahora debía escribir un cuento de quince páginas. Quince eran muchas páginas, así que aprovechó las vacaciones de Semana Santa para hacerlo. Y de esa semana surgió “Misterio en el circo de Sirén”, como un pequeño homenaje a la colección “Misterio” de Enid Blyton que tanto le gustaba leer y releer. Pero no la convencía demasiado lo que había escrito; creía que se había pasado, que era demasiado fantástico e irreal. Ya no podía hacer nada, no quedaba tiempo para redactar un nuevo cuento, así que, no demasiado satisfecha de si misma, entregó “Misterio en el circo de Sirén” a la profesora.
            Ahora la profesora decía que al día siguiente por la tarde debían ir al colegio bien vestidos y peinados, porque habían invitado a su clase a la entrega de premios. Y les repartía una hoja para sus padres que ponía que no debían ir a recoger a sus hijos a las cinco sino a las ocho, porque después de los premios habría fiesta y merendola. Estaban emocionados, se librarían de las clases y encima se irían de juerga en el bus del cole. Les encantaba ir el bus del cole; hablaban a voz en grito y cantaban la canción de la “bonita serenata”. Para la ocasión su madre la vistió con el traje rosa de chaqueta y bermudas que Begoña había llevado el día de su Primera Comunión. A pesar de que todavía tenía diez años era una de esas niñas-jirafa, era casi tan alta como Begoña. A ella le gustaba ese traje, pero no la sensación que le producía. La hacía recordar su Primera Comunión, y no quería. Se acordaba de que Begoña se había puesto a chillar porque su madre le había dado cinco mil pesetas para que la llevase a comprarse juguetes como regalo, porque ella no tendría regalos, porque no habría fiesta de Primera Comunión ni invitados que le diesen paquetes esperando ver su cara de entusiasmo al abrirlos. Y como Begoña no quería que ella tuviese regalos, y ella no se atrevía a decir “esta boca es mía”, no había podido comprar juguetes. Había tenido que comprar unas prendas de ropa que ni siquiera le gustaban, soportando como Begoña tiraba de ella y la arrastraba, demasiado de prisa, de tienda en tienda entre resoplidos, porque estaba perdiendo la paciencia por tener que cargar con “la niña”. Entonces deseaba que llegase el día de su Primera Comunión, le hacía ilusión, porque en la catequesis les habían dicho que sería su gran día, que serían las protagonistas, que serían unas pequeñas princesas. Y todavía se creía todo lo que le había contado su catequista sobre Dios y compañía, aún creía que existía un Dios justo y bondadoso que un día se la llevaría al Cielo con su padre. Pero el día resultó no ser tan estupendo. Mientras se ponía su vestido de princesa Begoña la riñó mucho porque los zapatos le hacían daño. ¡Cómo podían hacerle daño si había ido con ella a comprárselos y en la zapatería no había dicho que le hacían daño! ¡¿Por qué ahora decía que le hacían daño?! ¡¿Qué pretendía, fastidiarla?! Ella quiso decir que no sabía porque los zapatos no le habían hecho daño en la zapatería y ahora al andar si. Pero las palabras se le atragantaban en la garganta, así que se calló y aguantó la bronca. También se acordaba de que en una de las fotos que les habían hecho en la Iglesia, y que muchos años después rompería en pequeños pedazos en un ataque de ira, Begoña la miraba con cara de asco mientras ella levantaba la mano cuando el cura la nombraba, igual que el resto de los niños. Y de nuevo ese día había tenido que mentir. Cuando por la tarde, después de aburrirse mucho en casa, bajo a la calle a pasear se encontró con la niña pija y estirada vecina del piso de abajo. También había hecho la Primera Comunión ese día y jugaba con sus primas, que habían ido a su fiesta. Maliciosamente la chiquita le preguntó por los invitados y la fiesta de ella. Tuvo que decir, entre soberanamente triste, un poco amargada y un tanto enfadada, que había tenido una bonita fiesta con muchos regalos, que se lo había pasado muy bien, y que sus invitados ya se habían ido. A lo que la mal intencionada vecina rió de buena gana. Normal, nadie había visto a esos invitados fantasma, como no hubiesen salido por el tejado…
            Así que a pesar de que el traje rosa era bonito a ella no le gustaba del todo. Pero no tenía otro traje bonito, con lo que tuvo que ponerse ese. El viaje en el autobús fue divertido pero corto, la entrega de premios se hacía en una Residencia para Mayores que estaba cerca. Pero también fue emocionante entrar y ver como los ancianos los miraban sonrientes y les hablaban como si fuesen sus abuelos, les preguntaban de que cole venían, si se portaban bien, si estudiaban mucho y si se llevarían alguno de los premios. La profesora les consiguió un buen sitio en el salón de actos, el mejor, justo frente al escenario, en primera fila. Un grupo de niños de otro colegio representó una obra de teatro. Pero ella no prestaba mucha atención, sin darse cuenta se había escapado a su propio mundo y estaba creando historias. Por eso se sobresalto cuando la profesora, sentada detrás de ella, la zarandeó y de mala gana le dijo que subiese de una vez al escenario, que la acababan de nombrar. Ella se levantó desorientada, y una mujer joven de rostro agradable y sonriente le tendió la mano para ayudarla a subir. Al parecer al jurado le había gustado más “Misterio en el circo de Sirén” que a ella. Le habían dado el segundo premio. Y encima no se había enterado de que habían empezado a entregar los premios, porque la tal Blanca que había ganado el primero no estaba presente, y  no se había levantado a recibir unos aplausos que ella no había oído, pero que ahora si oía. Una sonrisa tonta iluminó su cara mientras unos señores le palmeaban la espalda diciéndole cosas agradables, y le llenaban los brazos con libros, cassettes y cintas de video. La mujer de rostro agradable decidió terminar pronto con la tortura que aquello suponía para una niña que estaba muy nerviosa. Pero, aunque era muy extraño, ella no estaba nerviosa, sinó absolutamente sorprendida. En cuanto bajó del escenario sus compañeros de clase la abrazaron con sincera alegría, estaban orgullosos de ella. Y ahora la profesora también la miraba sonriente y orgullosa. Ya lo sabía, pero no se lo había dicho. Después de la merendola que les ofrecieron, alrededor de una enorme mesa, les tomaron unas fotos para la sección local del periódico. El fotógrafo insistía en que sonriese mucho y mostrase su diploma de ganadora. A la vuelta al colegio, el rumor de que había un “geniecillo de la escritura” en su clase se extendió como la pólvora. Cuando llegó a casa los vecinos ya lo sabían. La vecina de enfrente llamó a su puerta para felicitarla amablemente, detrás de ella se semiescondía su hija, una de aquellas niñas que años atrás habían hecho volar por los aires sus cacharritos. Su madre reía y por una vez presumía de ella, con un brazo sobre sus hombros, mientras enseñaba a la vecina todos los libros y videos que le habían regalado. Era una pena que no tuviesen un reproductor VHS para poder ver aquellas cintas de dibujos animados, pero podría mirarlas y acordarse de que había sido una ganadora. Al día siguiente su madre compró el periódico, recortó la foto  y la guardó a buen recaudo junto con el diploma. Tan a buen recaudo que nunca más volvió a saber donde estaban, seguramente se habrían ido a la basura en algún momento. Por eso ella, diecisiete años después, tendría que volver a la Residencia de Mayores para saber como se llamaba lo que había ganado y poder ponerlo en un curriculum que, para entonces, ya hablaría de más escritos.

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A ella le daba mucha pena escuchar aquello, y suponía que a Dora también debía de dársela porque su madre no dejaba de decirle a Begoña que bajase la voz para que no se enterase de lo que pretendía hacer. Pero Dora ya no se enteraba de mucho, estaba enferma. Ella sabía que su madre no quería vender la casa donde se había criado con su abuela y con Dora. Lo sabía porque su madre no dejaba de repetir, de muy mal humor, que esa casa no se vendería. Pero Begoña quería dinero. Begoña necesitaba mucho dinero porque tenía muchos gastos. Ahora iba a la Universidad y el Ministerio de Educación le daba una beca que pagaba su matrícula y le proporcionaba una buena cantidad a mayores. Era una beca compensatoria por orfandad de padre, ella también la conocería unos más tarde. Pero Begoña necesitaba más. Tenía que comprarse ropa todos los fines de semana para salir por las noches. Tenía que seguir el ritmo de vida universitario de aquel entonces. Debía hacer acto de presencia en todo evento festivo jueves, viernes y sábados. También algún domingo. Y necesitaba dos mil pesetas cada noche, que iba a recoger a la habitación de su madre, muy vestida y maquillada, antes de irse. Ella sabía que eso era mucho dinero, pero no se hacía muy bien la idea de cuanto. Lo sabría mucho mejor cuando, pasado el tiempo, fuese a la Universidad y saliese de marcha los jueves por la noche. Entonces se preguntaría, sorprendida, porqué extraño motivo Begoña necesitaba diez años atrás, cada noche, un dinero que en ese momento a ella casi le sobraba.  Y no escatimaba, ya no era tan tontona ni santurrona, el vodka bajaba por su garganta sin ningún pudor y el humo del cigarrillo inundaba sus pulmones, aunque a veces al día siguiente, a parte de un fuerte dolor de cabeza, tenía ciertas lagunas en su memoria. Además, el dinero que pagaba el vodka venía directo de su propia cuenta bancaria y no de la cartera de su madre. Nunca había sido buena en matemáticas, y por mucho que intentaba echar cuentas no le salían.
Ella sabía que su madre terminaría por vender la casa. Y muy pronto. Siempre terminaba por hacer todo lo que Begoña quería. Y Begoña cada vez gritaba más y más alto. Una semana duró la “negociación”. Finalmente su madre malvendió la propiedad de la aldea a un antiguo vecino por cuatro duros, que Begoña no tardó mucho tiempo en dilapidar. Ella sólo había estado allí dos veces pero siempre la recordaría bien. Sobre todo cuando, de mayor, fuese a visitar la tumba de su padre y pasase por delante. En lugar de ver la pulcra casita que habían levantado, con su césped bien cortado alrededor; ella vería la pequeña y destartalada casa de planta baja rodeada de hierbajos, con un pequeño lavadero de piedra junto al cerco que limitaba la propiedad, y un viejo arado a su lado.

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Era de noche cuando discutieron. Era bastante tarde, pero eso en su casa no le importaba a nadie, suponía que si a los vecinos del edificio. Ella no sabía porqué discutían, había intentado no estar atenta, pero probablemente fuese por dinero. De pronto su madre dijo “si no estás a gusto te vas”, y ella levantó la cabeza del libro que estaba leyendo. Esa había sido una preciosa frase. Y de repente se sintió impaciente y excitada, como si fuesen a venir los Reyes Magos en seguida con un gran regalo. Escuchó muy atenta, eran gritos seguidos de pasos hacia la galería. Se puso en pie de un salto y corrió sigilosa, casi de puntillas. Se quedó en la puerta mirando esperanzada como Begoña abría uno de los armarios y sacaba un bolso de viaje. Pero su madre, arrepentida de lo que había dicho, la sujetó del brazo y le suplicó. Begoña se soltaba y la empujaba, y de paso la mandaba a la mierda una y otra vez. Ella no entendía porqué su madre se arrepentía de casi lo único acertado que había dicho en su vida. No pudo evitar situarse detrás de ellas y mirarlas, primero a una y luego a la otra, una vez y otra, como si estuviese viendo un partido de tenis. Ellas no se percataban de que estaba allí, y ella, con los ojos muy abiertos, repetía para si “vete”, “vete”, como si creyese que podía terminar de convencerla con el pensamiento. Pero esa noche Begoña no se fue, ni ninguna otra, sólo se hizo más fuerte. Y ella se preguntó otra vez si faltaría mucho tiempo. De repente se encontró haciéndose otra pregunta que hasta entonces no se había hecho, ¿cambiaría mucho las cosas el que Begoña no estuviese, o ya estaría todo demasiado estropeado?

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Tenía suerte. La tenía porque le gustaba pasar desapercibida, y junto a Raquel eso estaba hecho. Raquel era la niña de doce años más guapa, más simpática, más alegre y más extrovertida de todo el colegio. Y ella era la niña de doce años más fea, más boba, más aburrida y más introvertida de todo el colegio colegio. No tenía ninguna cualidad, y Raquel las tenía todas. Puede que por eso a Raquel le gustase estar con ella. Puede que por eso fuesen las mejores amigas. Raquel no podía soportar que nadie le hiciese sombra, se volvía caprichosa, cínica y viperina; y sabía que ella nunca podría hacerle sombra. Además, le servía de mucha ayuda, si aprobaba Sociales era porque ella le chivaba los exámenes. Ella era buena estudiante, y muy buena en Sociales, le gustaba lo que a nadie le gustaba. Raquel tenía un “novio” y muchos pretendientes. Ella estaba loca por el malote de la clase, que sólo la miraba para mostrarle su mejor cara de asco. No le extrañaba; no era agraciada de cara, tenía un diámetro considerable y unas piernecillas como palillos, parecía la gallina Caponata. Siempre mantendría que había sido una especie de flechazo, quedó prendada de él el primer día de clase, cuando lo vio entrar tarde. Ya no pudo dejar de mirarlo, y varias veces tuvo que apartar la vista avergonzada porque él se había dado cuenta. Raquel era su amiga, él miraba mucho a Raquel y siempre que podía la perseguía cuando jugaban a pillarse. Ella fantaseaba con que era guapa y simpática y era su amiga. Pero lo más cerca que estuvo de eso fue una tarde de viernes en que él, quien sabe porqué, la hizo partícipe de sus juegos, más partícipe incluso que a Raquel. El profesor no había venido a primera hora, así que estaban solos en clase, vigilados de cuando en vez por el profesor vecino. Como era natural aprovecharon para montar una juerguecilla. Jugaron a pillarse, la cárcel eran los percheros. Él corrió divertido detrás de ella, sin darle tregua hasta que la pilló. La llevó a la cárcel sujeta por el jersey, estaba atestada de compañeros a los que también habían pillado y que se reían a empujones. El fuertote de la clase dio un golpe al que tenía a su lado y se produjo el efecto dominó. Todos cayeron al suelo cubiertos por los abrigos. Él cayó sobre ella. Todos reían a mandíbula partida, y ellos también. Reían mirándose. No se rió de ella, se rió con ella.

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Ella dormía bien por las noches. Dormía estupendamente. Le encantan las noches y dormir. Una noche, siendo muy pequeña, le había dicho a su madre que quería dormirse y no despertarse nunca más. Su madre, algo asustada, le había dicho que eso no podía ser, que sinó se moriría. Ella la había mirado desconcertada. Lo único que ocurría era que estaba muy cansada, tenía mucho sueño y quería dormir mucho tiempo. Años después pensó que su madre le había dado importancia a algo que no la tenía, y que cuando tenía que haberle importado que ella quisiese dormirse y no despertar por un motivo bien distinto la despreció.
Aquella madrugada de 10 de diciembre no pudo dormir bien. A eso de las tres la despertaron voces altas y nerviosas, y pasos rápidos. También un sonido que ya había escuchado otras veces, una exhalación quejumbrosa y ahogada. Un aire que a Dora no le llegaba pero que retumbaba en las paredes de la habitación, y lo hacía más alto que normalmente. Se desplazó hacia el borde de la cama, en la que dormía con su madre, enredada en las mantas, para estar más cerca de la puerta y poder escuchar mejor. Estaba muy nerviosa, pero no quería perder detalle. No sabía porqué lo sabía, ya había pasado antes, pero sabía que esa vez Dora se moría y quería levantarse y correr a su habitación para verla y que la viese. Contuvo las ganas porque, por una vez, Begoña estaba con Dora. Su madre corría por el pasillo hacia la sala. Ahora tenían teléfono como todo el mundo, aunque ella no podía acercarse demasiado a él.
-¡Apura! ¡Llama a la ambulancia!- gritaba Begoña.
Pero un segundo más tarde se lo había pensado mejor y salía también al pasillo abandonando a Dora.
-¡¡Pero no me dejes sola con ella!!-continuaba gritando.
Y ella tenía más ganas de levantarse de la cama e intentar hacer algo. Pero sabía que sería peor. Que las dos descargarían sobre ella su tensión, se pondrían a gritarle por lo que fuese, y desatenderían a Dora. Así que apretó las mantas con las manos y esperó. Nunca supo exactamente cuanto tiempo transcurrió. Calculó que una media hora. Tardó media hora en morir mientras ellas se peleaban por quien iría a la sala a llamar a la ambulancia y quien se quedaría con ella en la habitación. En muchas ocasiones se preguntaría que recuerdo se habría llevado Dora consigo, que habría pensado mientras agonizaba y las veía discutir delante de sus narices. En muchas ocasiones pensaría, con lágrimas en los ojos, que la vida nunca había sido justa con Dora, y tampoco la muerte. Mientras ellas deliberaban, ella no podía evitar murmurar maldiciones por lo bajo con la cara pegada a las mantas para ahogar su propia voz. “¡Moveos, joder!”. Y finalmente su madre se movió, también por una vez en la vida. Consiguió llegar al teléfono. Pero no hizo otra cosa que preguntar a voz en grito cuál era el número. Ella pensó, frustrada, que hubiese tenido que haber ido a su clase de primero de primaria, donde le hicieron aprenderse el número de los bomberos, de la policía y de las urgencias médicas. Y después de que Begoña le chillase “¡061!”, sólo podía decir que le temblaban las manos y no era capaz de marcar. Lo intentó durante un rato, ella la escuchaba murmurar en alto desde la que era la habitación de las dos y que tanto empezaba a odiar. Por un momento sólo escuchó los murmullos, todo a su alrededor comenzaba a quedar en silencio. Por un instante en demasiados años todo se sumió en una extraña paz.
-Mamá, ya no hace falta que llames a la ambulancia- las palabras salieron por la boca de Begoña carentes de afectación y de sus acostumbradas entonaciones sarcásticas y furibundas. Fue como si alguien hubiese puesto una grabación preparada al efecto. Pero al menos el volumen de su voz fue normal. Todo pareció normal en el momento en que sería lógico que todo fuese anormal.
Y ella se hecho a llorar. Lloró durante horas mientras su madre, que ahora ya podía marcar, llamaba a un familiar lejano que vivía a un par de calles para que viniese a ayudar a vestir a Dora con la mejor ropa que tenía para el velatorio. Lloró mientras su madre buscaba la póliza del seguro de decesos y llamaba a la funeraria. Lloró mientras colocaban el ataúd con su cuerpo en la galería, rodeado de cirios encendidos y todas las sillas que pudieron caber en la habitación, y lo dejaron todo en la penumbra con las persianas bajadas. Lloró sin consuelo toda la noche porque Dora había muerto. Y a las ocho tuvo que parar, porque a las ocho y media vendría su madre a despertarla para ir al colegio, y no quería que se le notase la cara roja y los ojos hinchados, aunque sabía que se le iban a notar. Y su madre fue. Ella fingió que se desperezaba, lo fingió muy mal, porque fingía muy mal aunque ellas siempre simulasen que se lo creían todo porque era más fácil. Salió de la cama y vio a Begoña entrar en la habitación. Se puso a buscar algo en un cajón de la mesilla y ella vio como la miraba de reojo. Venía impulsada por el morbo de ver como “la niña” recibía la noticia. La pena era que no sabía que “la niña” estaba más que enterada de la noticia. Y no lo supo, porque ella no le dejó ver su cara, enfocada hacia la alfombra. Su madre comenzó a sacar del armario la ropa que le había planchado la tarde anterior para ir al colegio, y entre chaqueta y pantalón se lo dijo.
-Tengo que decirte una cosa, pero no quiero que te pongas nerviosa.
-Vale- respondió ella inmutable.
-Murió Dora.- dijo su madre sin más contemplaciones, porque no sabía decirlo de otra forma y tampoco podía.
-Jolín, pues se podía haber muerto después de Navidad…- apuntó ella como toda respuesta al notar que el rabillo del ojo de Begoña la acechaba.
Se tragó un desayuno que flotaría en su estómago durante todo el día y se fue al colegio. Todas las mañanas daba un rodeo innecesario y pasaba antes a recoger a Raquel para ir juntas. Pero esa mañana se fue por su camino. Llegó pronto y se sentó junto a una de las columnas del patio a esperar que sonase el timbre de entrada. Al cabo de unos minutos llegó Raquel con cara de malas pulgas y ella pensó que no estaba para aguantar sus caprichos, así que habló antes de dejarla hablar a ella.
-¿Vamos a dar vueltas?
Ya pertenecían al selecto grupo de “los mayores” del colegio, estaban en el penúltimo curso. Y los miembros de ese grupo no se quedaban jugando delante de la puerta, sinó que paseaban dando vueltas lentamente alrededor del colegio, dirimiendo importantes asuntos sobre la vida sentimental propia y ajena, y cambiando la dirección en función de la persona o personas con las que se quisiesen encontrar de frente. Así que esa mañana antes de entrar dieron vueltas. La primera en silencio, pero a la segunda Raquel ya preguntó, muy ofendida, porqué demonios ella no había ido a buscarla. Continuó caminando y su rostro fue inexpresivo cuando, tratando de mantener las lágrimas dentro de los ojos, le explicó el motivo.
-Murió Dora.
Y Raquel se paró en seco. Era caprichosa pero no insensible. Además de que le encantaba hacer alarde de lo comprensiva que podía llegar a ser. La empujó suavemente hacia una de las columnas que rodeaban el colegio.
-¿Cuándo? ¿Esta noche?
-Si.
-¿Y te enteraste?
-Si.
-Pero ¿porqué no me llamaste?, hubiese ido yo a buscarte.
Ella no contestó. No sabía que contestar. No le apetecía llamarla. Sólo había querido ir sin compañía al colegio, para sentir en paz el aire frío de diciembre en la cara y que le despejase un poco las ideas. No había respuesta. Sólo era eso.
-Lo siento mucho- le dijo Raquel. Y se le colgó de los hombros para poder abrazar a la enorme amiga que le sacaba una cabeza.
Entonces no pudo contener las lágrimas. Y salieron. No sollozó pero salieron como torrentes. Pestañeaba porque los ojos le picaban. Y entre pestañeo y pestañeo pasó el malote de la clase, que daba vueltas con sus amigos malotes. Y la vio. Fue el único malote que la vio. Todas las mañanas las pinchaba un rato, pero se dio cuenta de que esa no era la mañana. Porque la verdad era que no era tan malote como él quisiera. Desvió la vista al suelo y casi al instante volvió a alzarla convencido que ella habría apartado la mirada como hacía siempre. Pero ese día todo le importaba poco, y continuó mirando. No porque lo mirase a él, sinó porque él había invadido su campo de visión. Y él le sostuvo la mirada mientras pasaba a su altura. Ella valoraría ese gesto bastante después, cuando todo hubiese pasado. Y lo recordaría siempre por lo anómalo que le había resultado en la actitud de él; en su actitud, pero no en él. Porque ella hacía tiempo que intuía que no era tan malote, y se daba cuenta de que para él algunas cosas tenían que ser ya diferentes, porque era mayor. Él era del selectísimo grupo de los “mayores repetidores”. Tenía casi tres años más que ella, tenía casi quince. Y en las múltiples ocasiones en que se acordaría de él en la vida como su estúpido primer amor, alguna le devolvería las imágenes de ese momento, y cada vez estaría más segura de que había querido decirle con los ojos algo así como “se ha muerto alguien y lo siento por ti”.
            Ella era buena estudiante. Y en general buena alumna, cuando no se escapaba a su mundo de historias que más tarde plasmaba en papel. Pero esa mañana su tutora notó que no estaba atenta. Y notó que no era porque se hubiese marchado a su mundo. Así que cuando se acercó a preguntarle, ella contestó que esa noche se había muerto su abuela. Dora no era la madre de su madre, era la tía de su madre. Pero como su abuela llevaba cinco años muerta cuando ella había nacido, Dora había pasado a ser su abuela, sin ninguna intención de desmerecer a la de verdad. Y como los padres de su padre habían muerto, de cánceres diversos, hacía ya incontables años, Dora era su abuela con letras mayúsculas. Y así seguiría siendo para siempre. La profesora percibió la intentona de inexpresividad en su rostro. Le dijo que recogiese sus cosas y, en medio del absoluto silencio de la clase, la acompañó a la puerta del colegio, con una nota para su madre en la que decía que no era necesario que volviese hasta el lunes. Era jueves. Pero en casa tampoco la querían, y su madre la mandó a comprar el periódico. Su madre nunca compraba el periódico. Cuando volvió se encerró en la habitación y, tumbada en la cama cuan larga era, trató de enfrascarse en la lectura de las noticias sobre el petrolero “Mar Egeo”, encallado en el puerto de La Coruña. Pero cada dos por tres la interrumpía el timbre de la puerta. Se levantaba a abrir porque su madre estaba en la galería, junto al ataúd, velando a Dora; y Begoña se había enclaustrado a cal y canto, como siempre. Eran los vecinos, que habían visto la esquela en el portal y empezaban a llegar al velatorio. La horrible esquela, que le producía un doloroso vacío en la boca del estómago y una amarga sensación que no había conocido antes, y había conocido sensaciones muy amargas. Ella los acompañaba hasta la puerta de la galería, pero no podía entrar; la entrada le estaba vetada bajo cualquier concepto. No podía volver a ver a Dora. Ella no sabía como sería verla, porque nunca había visto un muerto de verdad, pero sabía que quería verla. No entendía porque los vecinos, a los que no les importaba nada Dora, podían verla y ella no. Bueno, en realidad si lo entendía, sólo que no estaba de acuerdo. Y como no podía protestar, porque no se atrevía, se sentía muy frustrada y enfadada. Y se enfadaba aún más cuando escuchaba a través de la pared de su habitación, pegada a la galería, las estúpidas y triviales conversaciones de los vecinos alrededor del ataúd de Dora. ¡¿Qué le importaría a Dora la vida del nuevo novio de la hija de la del segundo?! ¡¿Qué demonios les importaría a ellos cómo había muerto?! ¡¿Porqué la bruja del primero tenía la poca vergüenza de reírse a mandíbula partida delante de su abuela muerta cuando otra señora contaba algo que le parecía gracioso?! ¡¿Porqué ponían cara de compungidas y daban “cariñosas” palmadas en el hombro a su madre, y después hacían esas cosas?! Eso si que no lo entendía… Todavía no lo entendía. Como tampoco entendía porqué su madre y Begoña no querían darse y darle una tregua ni siquiera ese día. No entendía porqué discutían y gritaban en la cocina al medio día. Escuchaba las palabras, y sabía lo que significaban, pero no lograba armar con ellas un puzzle que tuviese un mínimo de sentido. Escuchaba que Begoña iba a ir a tomar café con sus amigas y después de compras, como todas las tardes de jueves, para preparar la salida de la noche. Y escuchaba que su madre no quería que fuese, porque a ver si por una vez podían mantener las apariencias para que los vecinos no hablasen; que no velase si no le daba la gana, pero por lo menos que no la viesen salir de casa. Y ella no entendía que pintaban los vecinos en lo que ocurría en su casa. Y no entendía porque su madre no quería que se fuese, y es que ella hacía años que sólo deseaba que se largase durante unas buenas horas y la dejase tranquila. Y en ese momento lo deseaba muchísimo más.
            Esa noche tampoco pudo dormir. Se pasó la noche en vela; pensando, recordando y conteniéndose. Aguantando unas ganas que la lastimaban, ganas de entrar en la galería, ahora que Dora estaba sola allí, y hacerle compañía. Recordando todo lo que sabía de su abuela. Recordando que las pocas personas de la aldea que habían ido a visitarla mientras estaba viva decían que era muy buena pero muy tonta. Dora no sabía leer ni escribir, en el carné de identidad firmaba con la huella dactilar del dedo gordo. Pero ella no creía que por eso fuese tonta, porque sabía que se interesaba por las cosas. Se interesaba por su “amiga de arriba”, María, porque vivía por allí arriba. Y también por su “amiga de abajo”, Raquel, porque vivía por allí abajo. Y le pedía que le leyese; no lecturas complicadas, pero si cuentos infantiles. Después comentaban cual era el personaje más bueno y el personaje más malo. Le gustaba mucho que le leyese, sobre todo los pequeños cuentos que ella escribía. Y también pasajes de la Biblia y oraciones de su catecismo, porque Dora era muy creyente, rezaba mucho. Dora no era tonta por no saber leer ni escribir. Lo que pasaba era que alrededor de 1915 la atención en las escuelas no era que digamos personalizada, y si la niña iba un poco más lenta que los demás… a la calle. Dora no era tonta por haberse dejado engatusar por el cura y haber tenido una hija ilegítima que no sabía quien era su padre. Porque no había sido la única que se había dejado engatusar por el cura. Ella sabía que los curas tenían un extraño poder para engatusar a las mujeres, lo había oído muchas veces, como también había oído que no debían hacerlo. Lo que pasaba era que las otras no habían tenido hijas del engatusador del cura, o eso decían, y Dora si. Dora no era tonta por haber elegido vivir toda su vida sin salir de la aldea y trabajar la tierra como una “esclava”, como decían por ahí. Ella creía que Dora era muy lista, porque había vivido como había querido. Porque ella sabía que Dora quería mucho su casa, su tierra, su aldea y su pañuelo en la cabeza. Y sobre todo, Dora no era tonta por haberse dejado pegar por su madre. Eso no lo decían los demás, porque no sabían que ocurría, eso lo había pensado ella misma años atrás, cuando también recibía golpes. Había pensado que ella era demasiado pequeña para poder defenderse, pero Dora era grande y si no lo hacía era porque era tonta. Pero poco después aprendió que los mayores también son demasiado débiles para poder defenderse. Así que Dora no era tonta por tener que decirle a su madre “ay, ay, ay, no malles en mi”, es que no podía hacer otra cosa. Y por utilizar la única arma de defensa de que disponía, sus palabras, no era tonta, sinó muy lista, porque hacía todo lo que podía. Era más lista de lo que había sido ella, que nunca había abierto la boca, sólo había corrido a esconderse. Esa noche también recordó las cosas que Dora le había contado sobre la Guerra. Algo sobre pasar hambre y una cartilla. Entonces todavía no lo entendía muy bien, pero recordaba que era algo así como un papel con el que iba a la Iglesia a buscar comida, porque había poca, y el cura tenía que repartirla entre todos los vecinos de la aldea. Claro, tanto cura, tanto cura… Se acordó de todas las veces que Dora le había hablado de su Elvira. De cuanto la echaba de menos, porque su hija había emigrado a Argentina y llevaba cuarenta años sin verla. Cuarenta años, que se dicen pronto… Se acordó de aquella madrugada de junio de 1988, cuando sólo había podido dormir Begoña. Ella esperaba a la expectativa y Dora estaba impaciente porque, aunque no habían querido confirmarle el día exacto para evitar provocarle un infarto, esa tarde había visto demasiado revuelo en casa y decía que le daba en el corazón que Elvira estaba a punto de llegar. Cada una de las veces que le preguntó “¿nenita a ti te dijeron si llegaba Elvira hoy?”, ella sólo la miró sonriente. Y si, llegó Elvira a las tres de la mañana. Y esa noche sólo se le olvidó a Begoña. A nadie más. A ella nunca se le olvidó la cara de Dora cuando vio a su hija en el marco de la puerta y trató de levantarse mientras empezaba a sollozar casi sin poder respirar. Estiraba los brazos hacia ella y repetía: “ay, mi hijita!”. Y Elvira la ayudaba a sentarse y la abrazaba. Le decía: “Hola mamá. Ya volví”. Recordaba como después del estallido inicial de emociones se habían sentado todos en la cama con Dora, porque esa era su noche. Su madre, Elvira, el marido de Elvira, y ella. Ahora reían y hablaban de cuando eran jóvenes, de antes de marcharse. Dora no dejaba de llorar y sonarse la nariz con un pañuelo de papel. Había puesto el brazo trabajosamente sobre los hombros de Elvira, sentada a su lado, y no dejaba de mirar su cara con una atención pasmosa, estaba examinándola meticulosamente. Y entonces fue cuando ella se dio cuenta de que Dora había despedido a una chiquita de apenas veinte años, y ahora recibía a una mujer curtida de casi sesenta. Y la invadió una pena muy grande al ver llorar a una anciana como si fuese una niña, al ver que le costaba respirar, y ver como algunas lágrimas quedaban retenidas en las arrugas de su rostro viejo.
            Toda la noche recordó a Dora. Y pensó que aunque no había sido tonta, tampoco había sido afortunada. No había tenido oportunidades. No había podido hacer mucho más en la vida que ver pasar los días y seguir adelante. Y además lo había hecho con alegría. Hasta esa noche ella todavía creía en eso de color verde que llamaban esperanza. Aunque no quería ilusionarse demasiado, en el fondo tenía el convencimiento de que las cosas cambiarían, de que llegaría un día a partir del que sería muy feliz. Porque era lo justo. Porque hasta entonces había sido muy infeliz, así que para compensar tendría que llegar un día en que la situación se invirtiese. Todavía existían los sueños que no debían de ser sueños, sinó objetivos en la vida; todavía creía que podría llegar a ser guapa y simpática, que podría aparecer un chico al que le gustase y que le gustase, y que algún día podría llegar a ser escritora. Pero esa noche Dora le enseñó que la vida no es justa. Que demasiadas veces la situación no se invierte. Y que el que nace infeliz suele morir infeliz. Y volvió a pensar que la vida no había sido justa con Dora y tampoco la muerte. Y lloró por Dora y por lo que le había enseñado su muerte.

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            -¿Quieres ir al entierro? No tienes porqué ir.
-Es que quiero ir- la respuesta a la pregunta de su madre fue áspera. La pronunció intentando no verla para no fulminarla con la mirada, mientras se abotonaba su chaqueta bonita.
Y ella se preguntó cómo era que su madre podría haber siquiera pensado que preferiría quedarse sola en casa recogiendo los restos del velatorio mientras enterraban a Dora. Seguramente era que tampoco la quería en el entierro. Seguramente era que le molestaría tener que estar pendiente de ella, y sería más fácil dejarla sola en casa. No tuvo que protestar para poder ir. Pero aunque tuviera que hacerlo, en esa ocasión, y para variar, si lo hubiese hecho. Ella quería estar con Dora hasta el final. Iba a estar con Dora hasta el final. Porque tenía derecho. Porque estaba segura de que ella era la persona, en esa casa, que más había querido a Dora. Y a la que Dora más había querido. Y porque no soportaba la idea de dejar sola a Dora en ese momento. Porque pensaba que si no iba ella, desde el Cielo, nunca se lo perdonaría. Poco después aprendería que Dora le hubiese perdonado lo que fuese, y que nunca se arrepentiría de haber ido al entierro.
            El autobús de la funeraria estaba aparcado junto a la acera, a la altura de su edificio Los vecinos subían, todos bien vestidos y comentando novedades por lo bajo. Le decían a Begoña que estaba muy guapa. Se había vestido de negro porque no había podido discutir con su madre, la familia estaba presente y no era cuestión de que la tomaran por lo que era, una loca desvergonzada. Ella llevaba los únicos zapatos que tenía, eran más cómodas las deportivas, una bonita falda gris de tablas que le llegaba por las rodillas, su chaqueta rosa fucsia y el abrigo del mismo color que por 2000 pesetas y un trozo de tela barato le había malhecho la modista del barrio. Pero a ella nadie la miraba, nadie le hablaba. Pasaba completamente desapercibida para los adultos y no había más niños que ella misma allí. Se apretaron las tres en el asiento trasero del coche de un familiar; su madre en el centro, Begoña a su derecha, y ella a su izquierda. Abrieron camino al cortejo fúnebre hacia la aldea siguiendo al coche que transportaba el ataúd. Ella miró por la ventanilla e intentó pensar que era una bonita tarde de viernes. Pero en las bonitas tardes de viernes se podían hacer muchas cosas y ella iba a decirle adiós a Dora para siempre. Eso no era una bonita cosa. Era para siempre. No volvería a estar con ella nunca más. Era nunca más. No había llorado nada el día anterior. No había vuelto a llorar desde la noche que había muerto. Y en ese momento quiso llorar, lo quiso con muchas ganas. Quería llorar a moco tendido cada vez que veía, en las curvas, el ataúd a través de la cristalera del coche fúnebre.  Por lo que ella sabía Dora había viajado contadas veces en un turismo. Por la aldea iba a pie, y cuando tenía que ir algo más lejos cogía el “coche de línea”. Y ahora iba sola, en aquel horrible automóvil, metida en un ataúd.
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DEDICADO A:
DORINDA CORRAL RICO: Te quiero, gracias por quererme y ser mi flotador.
FERNANDO FERNÁNDEZ BUDIÑO: no sé que hubiese pasado si hubieses estado aquí, por lo que me han dicho, esto no. Lo que sé es que me han mentido sobre la vida: cada día te echo más de menos y te necesito más. No a un padre: a tí, al de la foto; del que heredé la estatura y tengo los mismos brazos y piernas interminables. Róndame de vez en cuando.



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